Más tarde os explicaré la sipnosis.
En el futuro si queréis volver a leer los capítulo solo haced click en las entradas.
CAPÍTULO 1:
Arturo
se encontraba tumbado bajo la fresca sombra del árbol con los ojos cerrados y
la mente completamente en blanco. Él era un anciano muy atípico, es decir, con
el físico de un hombre corriente pero con la agilidad y la mente de un
adolescente de diecinueve años que aún seguía viviendo en su interior. Estaba
casado, tenía dos hijos y dos hijas y seis nietos y siete nietas. Tenía todo lo
que una persona quería incluyendo las comodidades de un buen hogar, por no
decir un castillo, comida y una vida inmortal. No se podía quejar, era todo
perfecto. Pero costó mucho poder obtenerlo. Al amanecer, después de desayunar,
siempre se tumbaba donde está ahora, bajo el árbol milenario de la diosa
Deméter, su tía abuela. Abrió sus ojos de azul cielo y estiró su brazo derecho
con la mano completamente abierta cuando una gota de agua caída del cielo
comenzó a levitar alrededor de la palma de su mano derecha. Pudo ver el reflejo
de un anciano de piel pálida, con melena y barba larga y canosa y con una
pierna izquierda gravemente herida desde hacía más de un centenar de años. Cada
vez que la veía recordaba aquellos días de sufrimiento y dolor pues muchos se
habían dejado la vida en aquella guerra a la que llamaban “Apocalipsis”. Cogió
su bastón y se apoyó en él cuando comenzó a diluviar fuertemente. Aunque estaba
cojo podía andar más rápido que ningún otro anciano mas tardó un poco en llegar
al Puente Levadizo. Cuando se encontró allí cayó otra gota al suelo pero esta
no venía de las nubes del cielo sino de sus ojos. Era una lágrima que provenía
de su ojo izquierdo antes de caerse a un charco. Estaba solo en el jardín de
Adán, en los territorios del Olimpo Terrestre, tumbado, mojado y lleno de barro
hasta la cabeza. Triste y solo.
-¡Mi
señor! ¡Mi señor!-Dijo un guardia que pasaba por allí-¡Apoyaos en mi hombro!
¡Rápido! Esto no va a ser un diluvio cualquiera.
-¡Dejadme!-Se
negó Arturo-. ¡Quiero estar solo!
-¡Padre!
¡Padre!-Dijo la voz dulce de la hija mayor de Arturo-. ¡Elevad el puente!
-Decidle
a mis hijos, nietos, bisnietos y al resto de mi familia que siempre les he
querido y jamás dejaré de quererles-le comunicó Arturo al guardia-. Pero no
puedo seguir con esta falsedad. ¡Con esta mentira que me concome por dentro
todos los días de mi larga vida!
-¿A
dónde vais? Si se puede saber-dijo el guardia.
-A
revelar al mundo tal y como es-contestó Arturo.
Se
escuchó el estruendo del puente que acababa de descender y en ellos se
encontraban, bajo sus capas encapuchadas, sus siete hijos: Fénix, Sabrina,
Arturo, Merlín, Atalanta, Julio y Atenea.
Estuvieron
unos segundos mirándose a los ojos cuando el anciano juntó el dedo índice y el
del corazón y los movió formando círculos. El conjuro comenzó con un viento
brusco y después las gotas de agua bajaron velozmente formando círculos alrededor
del anciano mago. Segundos después no volvieron a ver sus ojos azules pues era
un conjuro de desaparición. Lo último que llegaron a ver de él era un chico de
diecinueve años que galopaba rápidamente en su caballo blanco.
-¡No
le dejéis escapar!-Dijo la hija mayor.
Cinco
guardias montaron a caballos y estuvieron persiguiéndole.
-¡Vamos,
Silver!-Animó Arturo-. ¡Haz que me enorgullezca de ti como antaño hice, amigo!
¡Démosle caña!
Arturo
dejó el camino en el que estaban atravesando y se introdujo en el interior del
bosque de Tondor en el que habían ocurrido demasiadas desapariciones,
asesinatos y acciones de psicópatas estuvieron presentes y lo estaban ahora en
el temor de los habitantes de Epix, el reino de Arturo. Solo un insensato se
atrevería adentrarse en él pero, por suerte, el anciano mago estaba lo
suficientemente loco como para atravesarlo.
-¿Qué
hacemos? ¿Entramos?-Preguntó un guardia.
-¡Estás
loco! ¡Es el bosque de Tondor! ¿Ya no os acordáis de lo que le pasó a la madre
del rey Arturo o a la bruja Morgana?-Respondió otro guardia.
-Tenéis
razón-dijo el anterior hombre-. Pero si no entramos será la reina Fénix y los
príncipes quienes nos matarán.
De
repente, se escuchó el sonido de un ave
y el galope de un caballo que se dirigía hacia su hogar. Los guardias alzaron
la vista y pudieron observar a un anciano, supuestamente loco, montado en un
grifo que volaba a más de diez metros de altura.
-¡Decidle
a vuestra señora que voy a revelarla tal y como es en la realidad!-Ordenó
Arturo-. No habrá ningún derramamiento más de sangre y si se atreve a hacer
alguna tontería que no la haga pues las consecuencias serán terribles para
todos nosotros. Ah, y debéis entregadle esto, mis queridos guardias.
En
la mano del uno de los guardias, la mano del llamado Pento, apareció un frasco
con lo que parecía contener agua.
Mientras
llegaban al castillo galopando, los guardias se preguntaban que podría contener
ese frasco. Si se dejaban guiar por las apariencias podría ser agua mas los
acontecimientos era otra cosa. Lo único que esperaban era que no fuese nada
malo que causase alguna explosión u otra desgracia.
-¡Bajad
el puente!-Dijo Pento.
Y
tras descenderlo, dejaron a los caballos que volviesen a las cuadras con el
resto de su especie. Dos guardias que estaban al lado de las puertas las
abrieron y entraron a la sala principal donde se solían reunir la nobleza, el
clero y hasta los campesinos cuando había fiestas. Giraron a la derecha y se
encontraron atravesando un pasillo donde solo había puertas en la parte izquierda
pues en la otra parte daba a un jardín pequeño y cuadrangular de hierbas
aromática donde no había ni techo ni ventanas para protegerse de la lluvia lo
que hacen que se pegasen a las paredes de la izquierda para no mojarse. Giraron
a la derecha y entraron a un despacho donde Fénix, la hija mayor de Arturo,
estaba mirando por una ventana pensativamente y furiosamente.
-¡¿Dónde
está?!-Preguntó Fénix descargando toda su ira mientras se sienta en el único
trono que había alrededor de la mesa redonda ya que el resto eran sillas
normales.
-Se
ha escapado, mi señora-Respondió Pento-. Se adentró en el bosque de Tondor y ya
sabe que no es bueno irse por esas zonas tan oscuras. Ya sabe lo que pasó.
-¡Nadie
sabe lo que pasó! ¿Vos estabais allí? ¿O vos? ¿O vos?-Preguntó irónicamente
Fénix señalando a cada uno de los guardias-. Tengo ciento ocho años, he
sobrevivido a guerras, a posguerras, a la peste y a la tarea más difícil… he
sido madre de mis hijos, hija de mis padres, hermana de mis hermanos, abuela de
mis nietos y bisabuela de mis bisnietos. ¿Vos sabéis lo que es ver a vuestro
hijo muerto, mi querido Pento? Pues yo di a luz a cinco y dos murieron. Ninguna
madre debería asistir al entierro de su hijo pues no es justo que nuestros
hijos mueran antes que nosotros. ¿Ya no os acordáis del sufrimiento del reino
cuando mi primogénito varón murió a causa de la peste negra? ¿O ya no os
acordáis cuando mi segundo hijo, también varón, murió en la guerra anglo-española
en 1602 según el calendario del planeta Tierra?-Fénix suelta una lágrima-. ¿O
cuando mi madre, también fallecida, fue asesinada en la Guerra de las Dos
Rosas? ¿Es que no me han dado los dioses sufrimiento bastante? ¡Y ahora me
castigan con inútiles como vos que no pueden atrapar a un anciano de ciento
treinta años!
-¡Un
anciano de ciento treinta años y mago!-Gritó Pento.
-¿Cómo…
cómo… cómo o… osáis a ha…ha…hablarme así?-Preguntó Fénix atónita-. Estáis
despedido. Tenéis diez minutos a partir de… ya para recoger vuestras cosas y marchaos.
Pento
avanza hacia la puerta cuando se para enfrente y comienza de nuevo a hablar:
-Señora,
¿sabe qué el lagarto es de los animales más escurridizos que existen? Siempre
se mueven en silencio y no hacen daño a nadie. Hasta que se lo hagan a él. El
rey Arturo ha permanecido en la sombra durante ochenta años para ver como
reinabais a Epix. Ahora lo está viendo. Está viendo como el poder os ciega.
-¡Callad!
¡Os lo dice la reina!-Ordena Fénix-. ¡Vos no tenéis ni idea… ni la más remota
idea porque llevo yo reinando y gobernando todos estos años! No le quité el
cargo oficialmente a mi padre por pena pues estuvo él tres años haciéndolo
solo. Manteniendo al interior de esta ciudad en orden cuando se tendría que
haber protegido del exterior. No obstante, ya me he hartado de vos, ex
prefecto.
Fénix
alza su mano y el cuerpo de Pento comienza a levitar mientras la bruja dice:
-A
partir de este momento quedáis desterrado y si volvéis a entrar por las puertas
de Epix seréis condenado bajo pena de muerte elaborada por la guillotina.
-Mi
señora…-dijo otro guardia-. Por favor, no le hagáis daño. Desterradlo pero que
no sufre ningún conjuro o maldición.
-De
acuerdo, Aleksandru, hijo de Aloys-acordó la reina-. Yo, Fénix, hija de Arturo,
nieta de Marlín y bisnieta de Zeus. Reina de Epix, señora de los doce
caballeros de la mesa redonda y condesa del reino de Troya ordeno que os
destierren a la Tierras intercontinentales.
Hubo
un destello blanco cegador y Pento despareció. Los cuatro antiguos soldados de
Pento les hicieron una reverencia a la reina y todos salieron excepto
Aleksandru que le había pedido dicha mujer que se quedase.
-Yo,
la reina Fénix, hija del rey Arturo de Epix os asciendo a prefecto-dijo ella-.
Aquí podéis observar la antigua espada del antiguo prefecto, llamado Pento, el
traidor. Que su fuerza llegue con vos hasta donde llegó con él pero que os haga
pensar diferente.
-Y
así lo haré, majestad-dijo el nuevo prefecto.
-Valoro
mucho los pequeños detalles, Aleksandru-informó Fénix-. Y me ha deleitado
bastante lo que habéis hecho por vuestro amigo. Espero que sepáis perdonarme,
os lo pido como amiga y no como reina.
-Tomo
vuestro perdón y lo situó como el sello de la carta simbólica de nuestra
amistad, majestad-dijo Aleksandru-. Sin embargo, he aquí un consejo para vos.
No os toméis todo a la ligera. Deberíais pensar que Pento se ha criado de una
forma diferente a la nuestra. Él no había crecido en la corte como yo o como
vos o como la mayoría de los que habitamos en este castillo. Él fue un niño
nacido de campesinos y ascender hasta prefecto significó mucho para él. No os
pido que lo devolváis hasta aquí, solo os ruego que lo meditéis.
Aleksandru
hizo otra reverencia y salió de la sala. Fénix se quedó sola con el frasco que
le había dado Arturo a Pento. Cada segundo que lo miraba se ponía más furiosa
hasta que sin querer el agua comenzó a hervir y vio y la imagen de Pento en un
desierto de fauna seca. Sin comida, sin agua, solo con su armadura, su caballo
y una daga en aquellas oscuras y solitarias tierras intercontinentales.
Parecía
agotado, hambriento y sediento. No había ninguna esperanza de que sobreviviera más
de tres días. Le había condenado a muerte hasta que un señor de baja estatura,
encorvado, con gafas y un bastón de madera se lo encontró.
-Parece
que no tenéis ni comida, ni techo, ni nada excepto un caballo y una daga-dijo
el señor-. ¿Estoy en lo cierto? Supongo que estaréis casado y con hijos pero,
¿dónde están? No los veo.
-En
cuanto a lo primero-dijo Pento-. Es verdad, estáis en lo cierto, y en cuanto a
lo segundo quiero decir que nunca me he casado y nunca he tenido hijos.
-Os
seré franco-dijo el anciano-. Mi mujer murió hace más de una quincena de años,
mis hijos me han abandonado y nunca he tenido ni padres ni hermanos. Vos no
sabéis lo importante que es tener una familia. Durante las noches frías de
invierno no hay nada más reconfortarte que el calor del amor familiar. Me
podréis juzgar como melancólico y amoroso pero es la pura verdad. Aún así,
dejémonos de tristezas. Vos estáis deseando encontrar frescor en el interior de
una casa con comida y descanso mas no lo encontraréis aquí fuera. Bajaos del
caballo, demos un paseo.
Y
así lo hizo Pento cuando empezaron a charlar como si se conociesen desde hace
años:
-Mi
señor…
-Se
lo que me vas a preguntar…¿cómo os denominan?
-Pento,
para serviros.
-Draco,
encantado.
-Bonito
nombre.
-Gracias,
nunca me ha gustado.
Pento
le mira sorprendido pues esos no eran modales de un señor en aquella época.
-Con
veros-dijo Draco- puedo saber lo que os ha ocurrido.
-Adivinad.
No creo que acertéis.
-Os
llamáis Pento, fuisteis prefecto de la reina Fénix y el rey Arturo. Lleváis
unos veinte años arriesgando vuestra vida por ellos. Puedo saber que habéis
trabajado con la agricultura en las tierras campesinas así que sois
descendiente de campesinos. ¿Cómo lo sé? Por vuestras manos. Son grandes,
robustas y fuertes. Me gustan vuestras manos.
-Gracias-agradeció
Pento riéndose.
-Tenéis
unos cincuenta años así que llevaréis mínimo veinte años como guerrero de Epix.
No estáis aquí por ninguna misión sino porque os han desterrado. La reina
Fénix, supongo.
-Suponéis
bien. ¿Dónde se encuentra vuestra casa?
-Os
veo impaciente… me gusta. Se tarda poco pues se encuentra a media legua de
aquí.
-¿Puedo
preguntaros una cosa?
-Ya
lo habéis hecho.
.¿Puedo
preguntaros esa cuestión y otra más?
-Por
supuesto.
-¿Qué
hacíais aquí desamparado en medio del desierto de estas tierras? Nunca había
estado en este lugar antaño pero he oído muchas cosas.
-Desde
el pueblo hasta los reyes piensan que estas tierras son solitarias, oscuras y
espantosas pero yo opino todo lo contrario. Solo hay que saber donde buscar
pues hasta en el más mínimo arbusto ya hay una vida. Así que si hay vida no
puede ser tan temible como dicen.
-¿Y
vos? ¿Por qué os encontráis viviendo aquí?
-Bueno,
digamos que a mi esposa y a mí nos gustaba la tranquilidad y nos mudamos.
Antaño vivíamos en la corte pero era demasiado esclavizado para ambos.
-¿En
qué trabajabais?
-Digamos
que era un especie de mensajero del rey Arturo. Por cierto, vos que os juntáis
en la actualidad con el populacho. ¿A quién prefiere el pueblo? ¿A la reina
Fénix o al rey Arturo?
-La
reina Fénix sigue gobernando porque la temen, sin embargo, el rey Arturo es
nuestro rey pues a veces ocurren que las
palabras no dicen lo mismo que la mente.
-¡Cuanta
razón, amigo mío!
Anduvieron
poco más cuando Pento se encontró una pequeña casita de madera con un establo y
un corral.
-Me
gustan los animales-dijo Draco cuando entraron en el corral.
Lo
atravesaron y subieron unas pequeñas escaleras para entrar en la casa. En su
interior abundaba el frescor agradable.
-Coged
una prenda de ropa y probáosla. Una de mi hijo mayor os estará bien.
-Muchas
gracias, no sé como os lo voy a pagar.
-Prometiéndome
una cosa.
-¿Cuál?
Haré todo lo que me pidáis.
-Yo
no soy vuestro señor, ¿entendéis? Yo no soy vuestro amo. Yo solo deseo que
recomponga vuestra vida. A partir de este momento tendréis hogar, trabajo y
comida. Se como llegar a Epix en menos de una campanada y podremos aguantar con
mis ahorros al menos un mes. Lo único que os pido es lo que os he dicho.
Recomponed vuestra vida.
-No
entiendo.
-¿Qué
deseáis comer? Como hoy es vuestro primer día aquí elegid el plato que gustéis.
-Con
un poco de fruta y carne bastará, por favor.
-De
acuerdo. ¿Qué tal las fresas? Estamos en abril así que ya toca la temporada. Y
las que recolecto yo son especialmente grandes, sabrosas y jugosas. En cuanto a
la carne tengo pollo. Es de ayer pero servirá. Y un poco de vino tinto y hará
la cena perfecta.
Draco
saca todo lo que dice mientras Pento se pone una túnica vieja. Mientras comen,
al lado de la chimenea Pento ve unos frascos con líquidos flotantes de extraño
color.
-¿Sois
científico?-Preguntó Pento.
-Algo
parecido. Desde que murió mi esposa tengo curiosidad por la ciencia, en
especial, por la anatomía. La muerte no es el enemigo. El verdadero enemigo es
la enfermedad que nos lleva hacia ella. Vemos a la muerte como una señora vieja
y tenebrosa pero no es así. No nos debemos dejar engañar por las apariencias.
-Si
tan afán tiene por conseguir librarnos de la muerte por venganza hacia su
esposa…
-¿Venganza?
No, venganza no.
-Déjeme
terminar. Entonces sería la mujer más bella del planeta.
-Sí,
es cierto. Lo era. ¿Vos creéis en el amor verdadero?
-Por
supuesto. ¿Por qué no he de creer en la magia blanca?
-Habladme
sobre vuestra opinión con dicho sujeto.
-Yo
creo que un hombre y una mujer solo se enamoran una vez. Solo una vez. Las
otras veces son síntomas que nos hace creer que estamos enamorados.
-¿Y
cómo podemos saber si estamos enamorados?
-Porque
cuando estamos enamorados y vemos a una mujer también bella ya sea campesina,
reina o incluso la mismísima Afrodita… sabremos que nuestra vida no hubiera
tenido sentido si nos hubiésemos ido con alguna otra. ¿Entendéis?
Y
mientras Pento deja a un Draco pensativo, en el Olimpo Terrestre también se
encuentra a una Fénix sentada en el salón de las fiestas rodeada de gente, no
obstante, ella solo comía y no hablaba. Pero también escuchaba.
-Es
cierto lo que habéis oído-dijo un hombre-. Pento ha sido destituido como
prefecto y desterrado a las tierras intercontinentales.
-La
reina ha hecho como si le hubiese matado-dijo otro hombre-. ¿No sabe que esas
tierras son desiertos sin ninguna vida más que hierbajos? No hay comida, ni
agua.
-Si los
olímpicos vivieron allí durante un periodo de tiempo tras la Batalla del Monte
Olimpo será por algo-dijo un tercer hombre.
-Pues
espero que los templos sigan estando en pie pues va a necesitar rezar mucho a
los dioses para que no muera de inanición-dijo el segundo hombre.
-Intactos
están e intactos se quedarán-dijo el tercer hombre.
Y
tras escuchar esto Fénix se enfurece y se levanta de la mesa mientras dice:
-¿Qué
decís, marqués?-Preguntó la reina.
-Nada,
majestad-respondió temeroso el marqués.
-¡Es
imposible que esos templos queden en pie! ¡Tienen más de ciento veinte años!
¿Qué estructura quedaría en pie mientras esté plantada en un desierto seco sin
nadie que la cuide y tras tener más de un centenar de años? ¡Ninguna!
-Por
supuesto, majestad-le dio la razón el marqués a la reina.
-¡No
me deis la razón como a los tontos!
-Boberías,
mi señora-dijo el primer hombre que era amigo del marqués-. No sois ninguna
tonta. Sois nuestra reina. La ama de Epix.
-¿Y
Arturo? ¿Qué es él? ¿Qué es mi padre?
-Vuestro
padre también es el señor de Epix pero con un bajo porcentaje que no se puede
comparar con el vuestro, mi señora-dijo el segundo hombre.
-¡Me
teméis! ¿Verdad?-Gritó la reina-. ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?
La
reina suelta un grito que hace temer a toda la nobleza que se encontraba en la
sala de las fiestas. Después vuelve a hablar.
-¡Mayordomo,
Eudes!-Llamó la reina-. Llamad al prefecto Aleksandru. Nos vamos a y que coja a
sus dos caballos más veloces y a sus tres mejores hombres.
La
reina se para en frente de la puerta negra y vuelve a hablar.
-Disfrutad
de la comida pues es la última que traerá el cocinero real de la despensa de
Arturo. Esta noche será la definitiva. O él o yo.
Sale
de la sala cuando el marqués da un golpe en la mesa.
-¡Dioses
ayudadnos con ella!
Poco
tiempo después, la reina, Aleksandru y tres de sus mejores hombres se
encontraban en el carruaje real de Fénix.
-Mi
señora, ¿os puedo hacer una pregunta?-Dijo Aleksandru.
-Lo
que gustéis-dijo la reina mientras salía una lágrima de su ojo. Podía ver como
la lluvia caía sobre cada hoja de cada árbol.
-¿Por
qué a las tierras intercontinentales?
-¿Cómo
creéis que Arturo habrá llegado al Monte Olimpo? El camino más cerca es este si
es cierto que ha salido de Epix.
-¿Y
qué haremos?
-¡Lo
que yo ordene! Para eso soy la reina.
Tras
el porche de la casa de madera de Draco, se sentaba el dueño en una silla
observando al cielo estrellado. Con su vara al lado y su herida en la pierna.
Su señal de identificación. Alzó un poco la vista y vio al carruaje real. No
obstante, ya era demasiado tarde. La reina le había visto y le iba a interrogar
sobre el paradero de Arturo.
-¡Escondeos!
¡Rápido!-Dijo Draco despertando a Pento.
-¿Qué
sucede?
-Caos
está aquí.
-¿Cómo?
-Si
no queréis morir deberíais esconderos.
Pero
ya era demasiado tarde pues los soldados de la reina habían derribado la puerta
de la casa de Draco y ya no había forma de escapar.
-Bonita
casa-dijo la reina.
-Gracias
majestad-agradeció Draco.
-Registradla-ordenó
la reina a Aleksandru.
-Sí,
mi señora-dijo Aleksandru.
Y
mientras los guardias cumplían con el mandato de la reina, Pento cogió su daga
e intentó a atacar a la reina pero esta elaboró un conjuro que hizo al cuchillo
tener una temperatura muy alta abrasando la mano del hombre y la reacción de
este fue soltarla.
-¿Vos
sabéis dónde está Arturo?-Preguntó la reina.
-El
rey Arturo tendría que estar en vuestro castillo, majestad-dijo Draco.
-No
soy estúpida, anciano. Este hombre vio al rey Arturo fugarse del Olimpo
Terrestre montando en un grifo volador y se que ha viajado hasta las tierras
intercontinentales.
-Os
juro que no le hemos visto. Y amablemente os pido que os marchéis.
-¿Así tratáis a vuestra reina?
-¡Vos
ya no sois mi reina! ¡Vos me desterrasteis! ¡Estas son las tierras intercontinentales!
¡Aquí yo valgo lo mismo que vos! ¡Aquí no tenéis que obedecer a Fénix, amigos
míos!
-¡No
sabéis con quién os estáis enfrentando!
¡Moriréis!
-Entonces
seréis una asesina.
-Esta
no es la primera vez que le quito la vida a alguien-dijo una voz más grave de
mujer que salió del cuerpo de Fénix. Ella hizo aparecer una espada e intentó
atacar a Pento pero una luz blanca hizo que levitara y se cayese hacia atrás.
Draco había desaparecido y en su lugar se encontraba el anciano rey Arturo.
-He
aquí la prueba que me faltaba, Morgana-dijo él.
-¡Vos!
¡Vos!-dijo Pento asombrado.
-¡Si
soy yo! ¡Y si no queréis morir echaos a un lado!
-No.
Me habéis dado un hogar, una nueva vida. Ya es hora de que os de las gracias
con este gesto.
El
gesto fue una de las cosas más bonitas que Arturo había visto en su vida pues
esa fue la última noche en la vida de Pento y la de todas las personas que se
encontraban en aquel lugar.
El
ex prefecto cogió su daga y atacó a Morgana pero esta se la quitó fácilmente y
después le rajó el brazo. Unos segundo más tarde, con un conjuro, el cuerpo de
Pento ardía en llamas con sus gemidos de dolor.
-¿Cómo
podéis ser tan malvada?-Preguntó Arturo.
-Porque
yo soy Morgana, la bruja del Caos-dijo Morgana.
Un
remolino negro alrededor de ella y su cuerpo cambió totalmente. Aparecieron
unas nubes que ocultaron a las estrellas tras ellas y se arremolinaban
alrededor de la casa.
-¡Y
estoy viva!-Se rió Morgana.
-¡Por
poco tiempo!-Dijo Arturo furioso.
Hubo
un duelo a espada mientras Aleksandru y los guardias salían de la casa con sus
espadas y escudos y comenzaron a luchar a favor de Arturo.
-¡Aleksandru!
Yo te tenía por un hombre fiel-dijo Morgana tras reírse.
-Y
yo os sigo teniendo como una vieja loca-dijo Aleksandru.
Pero
todos los caballeros y el mago fueron lanzados hacia la casa justo antes de una
bola de fuego que la incendió.
Arturo
tragó mucho humo pero al lado de lo que era la puerta se encontró a Aleksandru
moribundo.
-Derrotadla-dijo
el hombre-. No lo hagáis por mí. No lo hagáis por vos. Hacedlo por Epix.
Arturo
se quedó con la mirada entristecida tras ver como Aleksandru sucumbía ante el
fuego trayéndole muchos recuerdos del pasado. Salió mascullado de la casa
incendiada cuando observó que Morgana aún seguía ahí riéndose.
-Antes
de luchar y que muramos los dos-dijo Arturo-. Necesito que me respondáis a dos
preguntas mías, mi querida tía, hija de mis abuelos y hermana de mi padre y del
resto de hermanos.
-Sois
libre. Preguntad lo que gustéis.
-¿Fueron
reales? ¿Fénix es verdad hija mía? ¿Vuestros hijos son reales? ¿Vuestros nietos
son reales?
-No
estaba dentro de la táctica pero sí. Y por si os lo preguntáis también sí. Soy
madre y como tal cuido y amo a mis hijos tanto que casi me suicidé cuando mis
dos primeros hijos murieron.
Morgana
se levanta la manga y enseñó a Arturo un brazo lleno de arañazos y cortes
profundos.
-Pero
Epix es mío, mi querido sobrino-dijo Morgana-. ¡Merezco felicidad!
-¡Y
la podríais haber obtenido! ¡Desde el principio!
-¡El
Oráculo lo había predicho todo! Lo siento.
Llorando,
Morgana atacó a Arturo y ambos se enfrentaron a muerte hasta el amanecer. Las
hojas de las espadas acabaron magulladas, los cuerpos llenos de arañazos y
ambos sudados. Tía y sobrino sabían que no podían acabar el uno con el otro
solos así pues Arturo alzó su espada al cielo nublado y, con la ayuda de su
padre, un rayo la tocó y después se la lanzó al abdomen de la bruja. Los ojos y
la boca se volvieron del mismo color que el rayo y esta cayó de rodillas aunque
todavía le quedaban fuerzas. Su ropa se volvió de un tono morado oscuro y
después sus manos, su cara, sus brazos… el final de la vida de Morgana llegó.
La bruja del caos, la asesina de tantos inocentes y la que tanto sufrimiento
había dado. Pero Arturo no podía más tampoco. Comenzó a llorar, sus manos le
temblaban, sus ojos eran rojos en vez de azules y sus huesos frágiles. La
herida de la pierna le dolía ahora más que en ningún otro momento. El conjuro
de Morgana había funcionado. El rey Arturo se estaba muriendo. Su pierna se iba
oscureciendo y aunque estuviese apoyado en el bastó no podía quedarse de pie.
Notaba como sus huesos se iban rompiendo, como su corazón se iba parando y como
su vida le iba abandonando. En menos de un minuto, Arturo ya no podía ver
apenas nada. Solo las estrellas que acababan de aparecer y solo sentía el suelo
rocoso del desierto. La mañana siguiente fue un día triste para todos. Morgana
fue enterrada en las tierras intercontinentales mientras Arturo, aunque no
fuese un dios, le enterraron en Epix y construyeron alrededor un templo.
-¿Por
qué?-Preguntó Hera que esta observando el entierro desde el Monte Olimpo-. ¿Por
qué a mí? ¿Por qué a Arturo? La guerra ya ha acabado, ¿por qué siguen muriendo?
-Los
habitantes de los planetas son así, querida-dijo Zeus que estaba
consolándola-pues solo piensan en el poder y en sí mismos.
Hera
rompió otra vez a llora y su marido le abrazó cuando comenzaron a escuchar una
canción que Sabrina, la bisnieta de Zeus y Hera e hija tercera de Arturo y
heredera al trono, cantaba tristemente.
Unas
pocas horas más tarde, la misma mujer se encontraba en el pasillo de al lado
del salón de las fiestas acompañada de su marido Bogdan y de sus tres hijos: Enrique,
Alfonso e Isabel.
-Majestades,
ya es la hora-dijo el mayordomo Eudes, hombre que no echaba de menos a la
reina.
-Mi
señora-dijo Bogdan al ver a Sabrina temblando por la muerte de su padre y al
ver que tenía que proclamarse reina-. No tengáis miedo. Seréis una reina
excelente.
-¿Y
si me ocurre como a mi padre?-preguntó Sabrina miedosamente-. Yo no soy maga
pues solo soy una humilde mujer en tiempos bárbaros de la hechicería.
-Y
en lo que os queda de vida, como reina, deberías cambiar esto-dijo Bogdan-. La
hechicería no es mala pero estos tiempos sí y deberíais, en el futuro, expulsar
a la magia negra de nuestros territorios para que hasta la criatura más pequeña
pueda vivir en paz.
-Sabias
palabras, mi querido esposo-dijo Sabrina-. Mas es más fácil decirlo que
hacerlo.
-Cierto
es, mi señora-dijo Bagdad-. Pero aún estáis a tiempo de que retiraros y jamás
sentaros en el trono y dejad que vuestro hermano Arturo lo posea. Vos decidís.
-En
la sala a la que vamos a entrar se encuentran todas las clases sociales. Los
privilegiados y el pueblo llano. Campesinos, artesanos, comerciantes, banqueros,
hidalgos, frailes, caballeros, abades, príncipes, duques, marqueses y hasta
algún obispo. No puedo abandonar al trono y que vaya por sí solo hasta la
suerte de mi querido hermano.
-Mi
señora-dijo el Eudes-. Debemos entrar ya.
-Haré
frente a mi reinado en los próximos años-dijo Sabrina-. Yo no soy inmortal como
mi padre. Apenas tengo magia en mis venas pero lo que sí tengo es un carácter
que hará que Epix sea la ciudad más pacífica de la historia y que nadie, ni el
más valiente león, se atreva a intentar invadirla.
-¡Así
se habla!-Dijo Bagdad, el nuevo rey consorte-. Mi excelentísima majestad.
-Ni
vos, ni nuestros hijos, ni mis hermanos ni vuestros padres se deben inclinar
ante mí jamás-dijo Sabrina-. Pues ante todos los que he nombrado siempre seré
vuestra mujer, su madre, su hermana y su nuera.
-¡Abran
las puertas!-Dijo el mayordomo a los guardias.
Y
mientras Sabrina, cogida de la mano de su esposo y sonriendo , veía como el
pueblo se levantaba ante ella el mayordomo desenrolló un pergamino y fue
leyendo.
-Señorío
de Llastix gobernado por el señor Nicolás y la señora Judith. Barón de Plix
gobernado por el barón Elis y la baronesa Elena. Vizcondado de Tulix gobernado
por el vizconde Velasco y la vizcondesa Rada. Condado de Pulix gobernado por el conde Radomir y la condesa
Malle. Marquesado de Slix gobernado por el marqués de Milán y la marquesa Meggy.
Ducado de Wiltix gobernado por el duque Ermo y la duquesa Garsea.
Después
de decir estas palabras, el mayordomo enrolló el pergamino y volvió a
introducir otra parte de la fiesta mientras la reina se sentaba en el trono
real que estaban al lado de las sillas de su marido a la derecha y su hermano
Arturo a la izquierda.
-A
continuación comenzará los juramentos ante la reina Sabrina III, ama de todos
los habitantes y territorios del reino de Epix.
El
mayordomo real, Eudes, cogió un escudo que se encontraba al lado suya con el
que estaba grabado un rayo, un pavo real, un tridente, un racimo de uvas, un
arpa, un arco con una flecha, una vara con dos serpientes rodeándola y
mirándose, un búho azul, un casco con las imágenes grabadas de un bebé, un
hombre, un anciano y un cadáver, una concha, una llamarada de fuego y un árbol.
Cada pareja de nobles se acercaban ante el escudo que se encontraba en frente
de la mesa donde estaban sentados la reina, su marido, sus hijos, sus hermanos
y los hijos, mujeres y maridos de sus hermanos y recitaban la misma frase que
se habían aprendido de memoria.
-Juro
servir a mi reina, a mi ama, a mi señora, a mi dueña y a su fiel esposo desde
este momento hasta que la muerte me reciba en sus brazos. Pondré en este futuro
próspero toda mi sangre si es necesario.
Cuando
acabó el último que eran el señor Nicolás y la señora Judith del señorío de
Llastix la reina Sabrina III empezó a decir su discurso.
-Campesinos,
artesanos, comerciantes, funcionarios, labradores, soldados, caballeros,
patricios, nobleza, clero, marqueses, barones, señores, duques, condes,
vizcondes, infantes, príncipes y niños. Espero que sean de vuestro grado la
excelentísima y perfecta cena que nos han preparado mis maravillosos cocineros
reales. Gracias, chef Luis y gracias vosotros por asistir a este glorioso pero
triste día. La muerte de mi padre y de mi tía abuela que resulta que tenía un
disfraz de mi hermana… bueno, ha sido rara. Son cosas de magia, ¿no? Pero la
felicidad se puede descubrir hasta en el pozo más oscuro de la amargura siempre
que salgamos de él. Eso es lo que me enseñó mi padre. Y ahora a comer, veo que
vuestros hijos poseen cara de hambre.
Fruta,
verdura, carne, pescado, vino, agua, dulces y legumbres. Los campesinos se
encontraban muy felices ese día, excepto el tío bisabuelo de Sabrina III al que
todos conocía por su nombre temido. Hades, el amo de la bestia de tres cabezas
denominado Cerbero, señor del Inframundo y dios de los muertos.
Caminaba
por los Campos Elíseos mientras pensaba en lo sucedido a Arturo. Él no podía
gobernar al Inframundo a sus anchas pues no era justo. Los Campos Elíseos eran
reinados por Radamantis pero gobernados por Hades. Y cuando olía una rosa, se
encontró a Arturo.
-Veo
que os gustan los Campos Elíseos-dijo Arturo.
-Es
mi parte favorita de mis tierras del submundo, no obstante, siempre he tenido
la mala fama que nunca me ha reputado. Y vos lo sabéis más que nadie, mi
querido sobrino nieto.
-Cierto,
¿me queríais para algo?
-Necesito
que durmáis.
-No
se si lo sabéis, pero estoy muerto. Los muertos no dormimos.
-Ni
los dioses. Pero no es un sueño cualquiera. Hipnos, el dios del sueño, el hijo
de la fuerza Nix, mi tío bisabuelo y vuestro tío tatarabuelo.
-Pero,
¿para qué?
-Hipnos
tiene la capacidad de ver los sueños de todos nosotros. Desde Caos hasta la más
pequeña mosca y para facilitar el reinado de vuestra hija Sabrina III y se
regule la balanza de la historia de Epix. Por favor.
-De
acuerdo. Pero los dioses tienen prohibido desde la Guerra de Troya bajar a los
planetas.
-Es
cierto, pero no sus mensajeros.
Esa
misma noche, Arturo se durmió en la cama más cómoda que jamás había estado y no
tardó mucho pues allí siempre hacía frío y las sábanas y mantas traían un calor
muy reconfortante y la almohada de plumas era la más mullida que jamás había
apoyado su cabeza. Lo malo era que no se debía despertar hasta que la aventura
terminase y era revivir de nuevo el sufrimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario