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miércoles, 14 de enero de 2015

La Trilogía Excalibur 1: La Dama del Lago Capítulo 1: Lo que pasará y lo que pasó.

Este es mi libro llamado la Dama del Lago. Es una trilogía llamada la Trilogía de Excalibur. El primero es la Dama del Lago, el segundo es La Unión con la Rebelión y el tercero es El Asesino de los Asesinos.

Más tarde os explicaré la sipnosis. 

En el futuro si queréis volver a leer los capítulo solo haced click en las entradas.

CAPÍTULO 1:

Arturo se encontraba tumbado bajo la fresca sombra del árbol con los ojos cerrados y la mente completamente en blanco. Él era un anciano muy atípico, es decir, con el físico de un hombre corriente pero con la agilidad y la mente de un adolescente de diecinueve años que aún seguía viviendo en su interior. Estaba casado, tenía dos hijos y dos hijas y seis nietos y siete nietas. Tenía todo lo que una persona quería incluyendo las comodidades de un buen hogar, por no decir un castillo, comida y una vida inmortal. No se podía quejar, era todo perfecto. Pero costó mucho poder obtenerlo. Al amanecer, después de desayunar, siempre se tumbaba donde está ahora, bajo el árbol milenario de la diosa Deméter, su tía abuela. Abrió sus ojos de azul cielo y estiró su brazo derecho con la mano completamente abierta cuando una gota de agua caída del cielo comenzó a levitar alrededor de la palma de su mano derecha. Pudo ver el reflejo de un anciano de piel pálida, con melena y barba larga y canosa y con una pierna izquierda gravemente herida desde hacía más de un centenar de años. Cada vez que la veía recordaba aquellos días de sufrimiento y dolor pues muchos se habían dejado la vida en aquella guerra a la que llamaban “Apocalipsis”. Cogió su bastón y se apoyó en él cuando comenzó a diluviar fuertemente. Aunque estaba cojo podía andar más rápido que ningún otro anciano mas tardó un poco en llegar al Puente Levadizo. Cuando se encontró allí cayó otra gota al suelo pero esta no venía de las nubes del cielo sino de sus ojos. Era una lágrima que provenía de su ojo izquierdo antes de caerse a un charco. Estaba solo en el jardín de Adán, en los territorios del Olimpo Terrestre, tumbado, mojado y lleno de barro hasta la cabeza. Triste y solo.
-¡Mi señor! ¡Mi señor!-Dijo un guardia que pasaba por allí-¡Apoyaos en mi hombro! ¡Rápido! Esto no va a ser un diluvio cualquiera.
-¡Dejadme!-Se negó Arturo-. ¡Quiero estar solo!
-¡Padre! ¡Padre!-Dijo la voz dulce de la hija mayor de Arturo-. ¡Elevad el puente!
-Decidle a mis hijos, nietos, bisnietos y al resto de mi familia que siempre les he querido y jamás dejaré de quererles-le comunicó Arturo al guardia-. Pero no puedo seguir con esta falsedad. ¡Con esta mentira que me concome por dentro todos los días de mi larga vida!
-¿A dónde vais? Si se puede saber-dijo el guardia.
-A revelar al mundo tal y como es-contestó Arturo.
Se escuchó el estruendo del puente que acababa de descender y en ellos se encontraban, bajo sus capas encapuchadas, sus siete hijos: Fénix, Sabrina, Arturo, Merlín, Atalanta, Julio y Atenea.
Estuvieron unos segundos mirándose a los ojos cuando el anciano juntó el dedo índice y el del corazón y los movió formando círculos. El conjuro comenzó con un viento brusco y después las gotas de agua bajaron velozmente formando círculos alrededor del anciano mago. Segundos después no volvieron a ver sus ojos azules pues era un conjuro de desaparición. Lo último que llegaron a ver de él era un chico de diecinueve años que galopaba rápidamente en su caballo blanco.
-¡No le dejéis escapar!-Dijo la hija mayor.
Cinco guardias montaron a caballos y estuvieron persiguiéndole.
-¡Vamos, Silver!-Animó Arturo-. ¡Haz que me enorgullezca de ti como antaño hice, amigo! ¡Démosle caña!
Arturo dejó el camino en el que estaban atravesando y se introdujo en el interior del bosque de Tondor en el que habían ocurrido demasiadas desapariciones, asesinatos y acciones de psicópatas estuvieron presentes y lo estaban ahora en el temor de los habitantes de Epix, el reino de Arturo. Solo un insensato se atrevería adentrarse en él pero, por suerte, el anciano mago estaba lo suficientemente loco como para atravesarlo.
-¿Qué hacemos? ¿Entramos?-Preguntó un guardia.
-¡Estás loco! ¡Es el bosque de Tondor! ¿Ya no os acordáis de lo que le pasó a la madre del rey Arturo o a la bruja Morgana?-Respondió otro guardia.
-Tenéis razón-dijo el anterior hombre-. Pero si no entramos será la reina Fénix y los príncipes quienes nos matarán.
De repente,  se escuchó el sonido de un ave y el galope de un caballo que se dirigía hacia su hogar. Los guardias alzaron la vista y pudieron observar a un anciano, supuestamente loco, montado en un grifo que volaba a más de diez metros de altura.
-¡Decidle a vuestra señora que voy a revelarla tal y como es en la realidad!-Ordenó Arturo-. No habrá ningún derramamiento más de sangre y si se atreve a hacer alguna tontería que no la haga pues las consecuencias serán terribles para todos nosotros. Ah, y debéis entregadle esto, mis queridos guardias.
En la mano del uno de los guardias, la mano del llamado Pento, apareció un frasco con lo que parecía contener agua.
Mientras llegaban al castillo galopando, los guardias se preguntaban que podría contener ese frasco. Si se dejaban guiar por las apariencias podría ser agua mas los acontecimientos era otra cosa. Lo único que esperaban era que no fuese nada malo que causase alguna explosión u otra desgracia.
-¡Bajad el puente!-Dijo Pento.
Y tras descenderlo, dejaron a los caballos que volviesen a las cuadras con el resto de su especie. Dos guardias que estaban al lado de las puertas las abrieron y entraron a la sala principal donde se solían reunir la nobleza, el clero y hasta los campesinos cuando había fiestas. Giraron a la derecha y se encontraron atravesando un pasillo donde solo había puertas en la parte izquierda pues en la otra parte daba a un jardín pequeño y cuadrangular de hierbas aromática donde no había ni techo ni ventanas para protegerse de la lluvia lo que hacen que se pegasen a las paredes de la izquierda para no mojarse. Giraron a la derecha y entraron a un despacho donde Fénix, la hija mayor de Arturo, estaba mirando por una ventana pensativamente y furiosamente.
-¡¿Dónde está?!-Preguntó Fénix descargando toda su ira mientras se sienta en el único trono que había alrededor de la mesa redonda ya que el resto eran sillas normales.
-Se ha escapado, mi señora-Respondió Pento-. Se adentró en el bosque de Tondor y ya sabe que no es bueno irse por esas zonas tan oscuras. Ya sabe lo que pasó.
-¡Nadie sabe lo que pasó! ¿Vos estabais allí? ¿O vos? ¿O vos?-Preguntó irónicamente Fénix señalando a cada uno de los guardias-. Tengo ciento ocho años, he sobrevivido a guerras, a posguerras, a la peste y a la tarea más difícil… he sido madre de mis hijos, hija de mis padres, hermana de mis hermanos, abuela de mis nietos y bisabuela de mis bisnietos. ¿Vos sabéis lo que es ver a vuestro hijo muerto, mi querido Pento? Pues yo di a luz a cinco y dos murieron. Ninguna madre debería asistir al entierro de su hijo pues no es justo que nuestros hijos mueran antes que nosotros. ¿Ya no os acordáis del sufrimiento del reino cuando mi primogénito varón murió a causa de la peste negra? ¿O ya no os acordáis cuando mi segundo hijo, también varón, murió en la guerra anglo-española en 1602 según el calendario del planeta Tierra?-Fénix suelta una lágrima-. ¿O cuando mi madre, también fallecida, fue asesinada en la Guerra de las Dos Rosas? ¿Es que no me han dado los dioses sufrimiento bastante? ¡Y ahora me castigan con inútiles como vos que no pueden atrapar a un anciano de ciento treinta años!
-¡Un anciano de ciento treinta años y mago!-Gritó Pento.
-¿Cómo… cómo… cómo o… osáis a ha…ha…hablarme así?-Preguntó Fénix atónita-. Estáis despedido. Tenéis diez minutos a partir de… ya para recoger vuestras cosas y marchaos.
Pento avanza hacia la puerta cuando se para enfrente y comienza de nuevo a hablar:
-Señora, ¿sabe qué el lagarto es de los animales más escurridizos que existen? Siempre se mueven en silencio y no hacen daño a nadie. Hasta que se lo hagan a él. El rey Arturo ha permanecido en la sombra durante ochenta años para ver como reinabais a Epix. Ahora lo está viendo. Está viendo como el poder os ciega.
-¡Callad! ¡Os lo dice la reina!-Ordena Fénix-. ¡Vos no tenéis ni idea… ni la más remota idea porque llevo yo reinando y gobernando todos estos años! No le quité el cargo oficialmente a mi padre por pena pues estuvo él tres años haciéndolo solo. Manteniendo al interior de esta ciudad en orden cuando se tendría que haber protegido del exterior. No obstante, ya me he hartado de vos, ex prefecto.
Fénix alza su mano y el cuerpo de Pento comienza a levitar mientras la bruja dice:
-A partir de este momento quedáis desterrado y si volvéis a entrar por las puertas de Epix seréis condenado bajo pena de muerte elaborada por la guillotina.
-Mi señora…-dijo otro guardia-. Por favor, no le hagáis daño. Desterradlo pero que no sufre ningún conjuro o maldición.
-De acuerdo, Aleksandru, hijo de Aloys-acordó la reina-. Yo, Fénix, hija de Arturo, nieta de Marlín y bisnieta de Zeus. Reina de Epix, señora de los doce caballeros de la mesa redonda y condesa del reino de Troya ordeno que os destierren a la Tierras intercontinentales.
Hubo un destello blanco cegador y Pento despareció. Los cuatro antiguos soldados de Pento les hicieron una reverencia a la reina y todos salieron excepto Aleksandru que le había pedido dicha mujer que se quedase.
-Yo, la reina Fénix, hija del rey Arturo de Epix os asciendo a prefecto-dijo ella-. Aquí podéis observar la antigua espada del antiguo prefecto, llamado Pento, el traidor. Que su fuerza llegue con vos hasta donde llegó con él pero que os haga pensar diferente.
-Y así lo haré, majestad-dijo el nuevo prefecto.
-Valoro mucho los pequeños detalles, Aleksandru-informó Fénix-. Y me ha deleitado bastante lo que habéis hecho por vuestro amigo. Espero que sepáis perdonarme, os lo pido como amiga y no como reina.
-Tomo vuestro perdón y lo situó como el sello de la carta simbólica de nuestra amistad, majestad-dijo Aleksandru-. Sin embargo, he aquí un consejo para vos. No os toméis todo a la ligera. Deberíais pensar que Pento se ha criado de una forma diferente a la nuestra. Él no había crecido en la corte como yo o como vos o como la mayoría de los que habitamos en este castillo. Él fue un niño nacido de campesinos y ascender hasta prefecto significó mucho para él. No os pido que lo devolváis hasta aquí, solo os ruego que lo meditéis.
Aleksandru hizo otra reverencia y salió de la sala. Fénix se quedó sola con el frasco que le había dado Arturo a Pento. Cada segundo que lo miraba se ponía más furiosa hasta que sin querer el agua comenzó a hervir y vio y la imagen de Pento en un desierto de fauna seca. Sin comida, sin agua, solo con su armadura, su caballo y una daga en aquellas oscuras y solitarias tierras intercontinentales.
Parecía agotado, hambriento y sediento. No había ninguna esperanza de que sobreviviera más de tres días. Le había condenado a muerte hasta que un señor de baja estatura, encorvado, con gafas y un bastón de madera se lo encontró.
-Parece que no tenéis ni comida, ni techo, ni nada excepto un caballo y una daga-dijo el señor-. ¿Estoy en lo cierto? Supongo que estaréis casado y con hijos pero, ¿dónde están? No los veo.
-En cuanto a lo primero-dijo Pento-. Es verdad, estáis en lo cierto, y en cuanto a lo segundo quiero decir que nunca me he casado y nunca he tenido hijos.
-Os seré franco-dijo el anciano-. Mi mujer murió hace más de una quincena de años, mis hijos me han abandonado y nunca he tenido ni padres ni hermanos. Vos no sabéis lo importante que es tener una familia. Durante las noches frías de invierno no hay nada más reconfortarte que el calor del amor familiar. Me podréis juzgar como melancólico y amoroso pero es la pura verdad. Aún así, dejémonos de tristezas. Vos estáis deseando encontrar frescor en el interior de una casa con comida y descanso mas no lo encontraréis aquí fuera. Bajaos del caballo, demos un paseo.
Y así lo hizo Pento cuando empezaron a charlar como si se conociesen desde hace años:
-Mi señor…
-Se lo que me vas a preguntar…¿cómo os denominan?
-Pento, para serviros.
-Draco, encantado.
-Bonito nombre.
-Gracias, nunca me ha gustado.
Pento le mira sorprendido pues esos no eran modales de un señor en aquella época.
-Con veros-dijo Draco- puedo saber lo que os ha ocurrido.
-Adivinad. No creo que acertéis.
-Os llamáis Pento, fuisteis prefecto de la reina Fénix y el rey Arturo. Lleváis unos veinte años arriesgando vuestra vida por ellos. Puedo saber que habéis trabajado con la agricultura en las tierras campesinas así que sois descendiente de campesinos. ¿Cómo lo sé? Por vuestras manos. Son grandes, robustas y fuertes. Me gustan vuestras manos.
-Gracias-agradeció Pento riéndose.
-Tenéis unos cincuenta años así que llevaréis mínimo veinte años como guerrero de Epix. No estáis aquí por ninguna misión sino porque os han desterrado. La reina Fénix, supongo.
-Suponéis bien. ¿Dónde se encuentra vuestra casa?
-Os veo impaciente… me gusta. Se tarda poco pues se encuentra a media legua de aquí.
-¿Puedo preguntaros una cosa?
-Ya lo habéis hecho.
.¿Puedo preguntaros esa cuestión y otra más?
-Por supuesto.
-¿Qué hacíais aquí desamparado en medio del desierto de estas tierras? Nunca había estado en este lugar antaño pero he oído muchas cosas.
-Desde el pueblo hasta los reyes piensan que estas tierras son solitarias, oscuras y espantosas pero yo opino todo lo contrario. Solo hay que saber donde buscar pues hasta en el más mínimo arbusto ya hay una vida. Así que si hay vida no puede ser tan temible como dicen.
-¿Y vos? ¿Por qué os encontráis viviendo aquí?
-Bueno, digamos que a mi esposa y a mí nos gustaba la tranquilidad y nos mudamos. Antaño vivíamos en la corte pero era demasiado esclavizado para ambos.
-¿En qué trabajabais?
-Digamos que era un especie de mensajero del rey Arturo. Por cierto, vos que os juntáis en la actualidad con el populacho. ¿A quién prefiere el pueblo? ¿A la reina Fénix o al rey Arturo?
-La reina Fénix sigue gobernando porque la temen, sin embargo, el rey Arturo es nuestro rey pues  a veces ocurren que las palabras no dicen lo mismo que la mente.
-¡Cuanta razón, amigo mío!
Anduvieron poco más cuando Pento se encontró una pequeña casita de madera con un establo y un corral.
-Me gustan los animales-dijo Draco cuando entraron en el corral.
Lo atravesaron y subieron unas pequeñas escaleras para entrar en la casa. En su interior abundaba el frescor agradable.
-Coged una prenda de ropa y probáosla. Una de mi hijo mayor os estará bien.
-Muchas gracias, no sé como os lo voy a pagar.
-Prometiéndome una cosa.
-¿Cuál? Haré todo lo que me pidáis.
-Yo no soy vuestro señor, ¿entendéis? Yo no soy vuestro amo. Yo solo deseo que recomponga vuestra vida. A partir de este momento tendréis hogar, trabajo y comida. Se como llegar a Epix en menos de una campanada y podremos aguantar con mis ahorros al menos un mes. Lo único que os pido es lo que os he dicho. Recomponed vuestra vida.
-No entiendo.
-¿Qué deseáis comer? Como hoy es vuestro primer día aquí elegid el plato que gustéis.
-Con un poco de fruta y carne bastará, por favor.
-De acuerdo. ¿Qué tal las fresas? Estamos en abril así que ya toca la temporada. Y las que recolecto yo son especialmente grandes, sabrosas y jugosas. En cuanto a la carne tengo pollo. Es de ayer pero servirá. Y un poco de vino tinto y hará la cena perfecta.
Draco saca todo lo que dice mientras Pento se pone una túnica vieja. Mientras comen, al lado de la chimenea Pento ve unos frascos con líquidos flotantes de extraño color.
-¿Sois científico?-Preguntó Pento.
-Algo parecido. Desde que murió mi esposa tengo curiosidad por la ciencia, en especial, por la anatomía. La muerte no es el enemigo. El verdadero enemigo es la enfermedad que nos lleva hacia ella. Vemos a la muerte como una señora vieja y tenebrosa pero no es así. No nos debemos dejar engañar por las apariencias.
-Si tan afán tiene por conseguir librarnos de la muerte por venganza hacia su esposa…
-¿Venganza? No, venganza no.
-Déjeme terminar. Entonces sería la mujer más bella del planeta.
-Sí, es cierto. Lo era. ¿Vos creéis en el amor verdadero?
-Por supuesto. ¿Por qué no he de creer en la magia blanca?
-Habladme sobre vuestra opinión con dicho sujeto.
-Yo creo que un hombre y una mujer solo se enamoran una vez. Solo una vez. Las otras veces son síntomas que nos hace creer que estamos enamorados.
-¿Y cómo podemos saber si estamos enamorados?
-Porque cuando estamos enamorados y vemos a una mujer también bella ya sea campesina, reina o incluso la mismísima Afrodita… sabremos que nuestra vida no hubiera tenido sentido si nos hubiésemos ido con alguna otra. ¿Entendéis? 
Y mientras Pento deja a un Draco pensativo, en el Olimpo Terrestre también se encuentra a una Fénix sentada en el salón de las fiestas rodeada de gente, no obstante, ella solo comía y no hablaba. Pero también escuchaba.
-Es cierto lo que habéis oído-dijo un hombre-. Pento ha sido destituido como prefecto y desterrado a las tierras intercontinentales.
-La reina ha hecho como si le hubiese matado-dijo otro hombre-. ¿No sabe que esas tierras son desiertos sin ninguna vida más que hierbajos? No hay comida, ni agua.
-Si los olímpicos vivieron allí durante un periodo de tiempo tras la Batalla del Monte Olimpo será por algo-dijo un tercer hombre.
-Pues espero que los templos sigan estando en pie pues va a necesitar rezar mucho a los dioses para que no muera de inanición-dijo el segundo hombre.
-Intactos están e intactos se quedarán-dijo el tercer hombre.
Y tras escuchar esto Fénix se enfurece y se levanta de la mesa mientras dice:
-¿Qué decís, marqués?-Preguntó la reina.
-Nada, majestad-respondió temeroso el marqués.
-¡Es imposible que esos templos queden en pie! ¡Tienen más de ciento veinte años! ¿Qué estructura quedaría en pie mientras esté plantada en un desierto seco sin nadie que la cuide y tras tener más de un centenar de años? ¡Ninguna!
-Por supuesto, majestad-le dio la razón el marqués a la reina.
-¡No me deis la razón como a los tontos!
-Boberías, mi señora-dijo el primer hombre que era amigo del marqués-. No sois ninguna tonta. Sois nuestra reina. La ama de Epix.
-¿Y Arturo? ¿Qué es él? ¿Qué es mi padre?
-Vuestro padre también es el señor de Epix pero con un bajo porcentaje que no se puede comparar con el vuestro, mi señora-dijo el segundo hombre.
-¡Me teméis! ¿Verdad?-Gritó la reina-. ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?
La reina suelta un grito que hace temer a toda la nobleza que se encontraba en la sala de las fiestas. Después vuelve a hablar.
-¡Mayordomo, Eudes!-Llamó la reina-. Llamad al prefecto Aleksandru. Nos vamos a y que coja a sus dos caballos más veloces y a sus tres mejores hombres.
La reina se para en frente de la puerta negra y vuelve a hablar.
-Disfrutad de la comida pues es la última que traerá el cocinero real de la despensa de Arturo. Esta noche será la definitiva. O él o yo.
Sale de la sala cuando el marqués da un golpe en la mesa.
-¡Dioses ayudadnos con ella!
Poco tiempo después, la reina, Aleksandru y tres de sus mejores hombres se encontraban en el carruaje real de Fénix.
-Mi señora, ¿os puedo hacer una pregunta?-Dijo Aleksandru.
-Lo que gustéis-dijo la reina mientras salía una lágrima de su ojo. Podía ver como la lluvia caía sobre cada hoja de cada árbol.
-¿Por qué a las tierras intercontinentales?
-¿Cómo creéis que Arturo habrá llegado al Monte Olimpo? El camino más cerca es este si es cierto que ha salido de Epix.
-¿Y qué haremos?
-¡Lo que yo ordene! Para eso soy la reina.
Tras el porche de la casa de madera de Draco, se sentaba el dueño en una silla observando al cielo estrellado. Con su vara al lado y su herida en la pierna. Su señal de identificación. Alzó un poco la vista y vio al carruaje real. No obstante, ya era demasiado tarde. La reina le había visto y le iba a interrogar sobre el paradero de Arturo.
-¡Escondeos! ¡Rápido!-Dijo Draco despertando a Pento.
-¿Qué sucede?
-Caos está aquí.
-¿Cómo?
-Si no queréis morir deberíais esconderos.
Pero ya era demasiado tarde pues los soldados de la reina habían derribado la puerta de la casa de Draco y ya no había forma de escapar.
-Bonita casa-dijo la reina.
-Gracias majestad-agradeció Draco.
-Registradla-ordenó la reina a Aleksandru.
-Sí, mi señora-dijo Aleksandru.
Y mientras los guardias cumplían con el mandato de la reina, Pento cogió su daga e intentó a atacar a la reina pero esta elaboró un conjuro que hizo al cuchillo tener una temperatura muy alta abrasando la mano del hombre y la reacción de este fue soltarla.
-¿Vos sabéis dónde está Arturo?-Preguntó la reina.
-El rey Arturo tendría que estar en vuestro castillo, majestad-dijo Draco.
-No soy estúpida, anciano. Este hombre vio al rey Arturo fugarse del Olimpo Terrestre montando en un grifo volador y se que ha viajado hasta las tierras intercontinentales.
-Os juro que no le hemos visto. Y amablemente os pido que os marchéis.
-¿Así tratáis a vuestra reina?                     
-¡Vos ya no sois mi reina! ¡Vos me desterrasteis! ¡Estas son las tierras intercontinentales! ¡Aquí yo valgo lo mismo que vos! ¡Aquí no tenéis que obedecer a Fénix, amigos míos!
-¡No sabéis con  quién os estáis enfrentando! ¡Moriréis!
-Entonces seréis una asesina.
-Esta no es la primera vez que le quito la vida a alguien-dijo una voz más grave de mujer que salió del cuerpo de Fénix. Ella hizo aparecer una espada e intentó atacar a Pento pero una luz blanca hizo que levitara y se cayese hacia atrás. Draco había desaparecido y en su lugar se encontraba el anciano rey Arturo.
-He aquí la prueba que me faltaba, Morgana-dijo él.
-¡Vos! ¡Vos!-dijo Pento asombrado.
-¡Si soy yo! ¡Y si no queréis morir echaos a un lado! 
-No. Me habéis dado un hogar, una nueva vida. Ya es hora de que os de las gracias con este gesto.
El gesto fue una de las cosas más bonitas que Arturo había visto en su vida pues esa fue la última noche en la vida de Pento y la de todas las personas que se encontraban en aquel lugar.
El ex prefecto cogió su daga y atacó a Morgana pero esta se la quitó fácilmente y después le rajó el brazo. Unos segundo más tarde, con un conjuro, el cuerpo de Pento ardía en llamas con sus gemidos de dolor.
-¿Cómo podéis ser tan malvada?-Preguntó Arturo.
-Porque yo soy Morgana, la bruja del Caos-dijo Morgana.
Un remolino negro alrededor de ella y su cuerpo cambió totalmente. Aparecieron unas nubes que ocultaron a las estrellas tras ellas y se arremolinaban alrededor de la casa.
-¡Y estoy viva!-Se rió Morgana.
-¡Por poco tiempo!-Dijo Arturo furioso.
Hubo un duelo a espada mientras Aleksandru y los guardias salían de la casa con sus espadas y escudos y comenzaron a luchar a favor de Arturo.
-¡Aleksandru! Yo te tenía por un hombre fiel-dijo Morgana tras reírse.
-Y yo os sigo teniendo como una vieja loca-dijo Aleksandru.
Pero todos los caballeros y el mago fueron lanzados hacia la casa justo antes de una bola de fuego que la incendió.
Arturo tragó mucho humo pero al lado de lo que era la puerta se encontró a Aleksandru moribundo.
-Derrotadla-dijo el hombre-. No lo hagáis por mí. No lo hagáis por vos. Hacedlo por Epix.
Arturo se quedó con la mirada entristecida tras ver como Aleksandru sucumbía ante el fuego trayéndole muchos recuerdos del pasado. Salió mascullado de la casa incendiada cuando observó que Morgana aún seguía ahí riéndose.
-Antes de luchar y que muramos los dos-dijo Arturo-. Necesito que me respondáis a dos preguntas mías, mi querida tía, hija de mis abuelos y hermana de mi padre y del resto de hermanos.
-Sois libre. Preguntad lo que gustéis.
-¿Fueron reales? ¿Fénix es verdad hija mía? ¿Vuestros hijos son reales? ¿Vuestros nietos son reales?
-No estaba dentro de la táctica pero sí. Y por si os lo preguntáis también sí. Soy madre y como tal cuido y amo a mis hijos tanto que casi me suicidé cuando mis dos primeros hijos murieron.
Morgana se levanta la manga y enseñó a Arturo un brazo lleno de arañazos y cortes profundos.
-Pero Epix es mío, mi querido sobrino-dijo Morgana-. ¡Merezco felicidad!
-¡Y la podríais haber obtenido! ¡Desde el principio!
-¡El Oráculo lo había predicho todo! Lo siento.
Llorando, Morgana atacó a Arturo y ambos se enfrentaron a muerte hasta el amanecer. Las hojas de las espadas acabaron magulladas, los cuerpos llenos de arañazos y ambos sudados. Tía y sobrino sabían que no podían acabar el uno con el otro solos así pues Arturo alzó su espada al cielo nublado y, con la ayuda de su padre, un rayo la tocó y después se la lanzó al abdomen de la bruja. Los ojos y la boca se volvieron del mismo color que el rayo y esta cayó de rodillas aunque todavía le quedaban fuerzas. Su ropa se volvió de un tono morado oscuro y después sus manos, su cara, sus brazos… el final de la vida de Morgana llegó. La bruja del caos, la asesina de tantos inocentes y la que tanto sufrimiento había dado. Pero Arturo no podía más tampoco. Comenzó a llorar, sus manos le temblaban, sus ojos eran rojos en vez de azules y sus huesos frágiles. La herida de la pierna le dolía ahora más que en ningún otro momento. El conjuro de Morgana había funcionado. El rey Arturo se estaba muriendo. Su pierna se iba oscureciendo y aunque estuviese apoyado en el bastó no podía quedarse de pie. Notaba como sus huesos se iban rompiendo, como su corazón se iba parando y como su vida le iba abandonando. En menos de un minuto, Arturo ya no podía ver apenas nada. Solo las estrellas que acababan de aparecer y solo sentía el suelo rocoso del desierto. La mañana siguiente fue un día triste para todos. Morgana fue enterrada en las tierras intercontinentales mientras Arturo, aunque no fuese un dios, le enterraron en Epix y construyeron alrededor un templo.
-¿Por qué?-Preguntó Hera que esta observando el entierro desde el Monte Olimpo-. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a Arturo? La guerra ya ha acabado, ¿por qué siguen muriendo?
-Los habitantes de los planetas son así, querida-dijo Zeus que estaba consolándola-pues solo piensan en el poder y en sí mismos.
Hera rompió otra vez a llora y su marido le abrazó cuando comenzaron a escuchar una canción que Sabrina, la bisnieta de Zeus y Hera e hija tercera de Arturo y heredera al trono, cantaba tristemente.
Unas pocas horas más tarde, la misma mujer se encontraba en el pasillo de al lado del salón de las fiestas acompañada de su marido Bogdan y de sus tres hijos: Enrique, Alfonso e Isabel.
-Majestades, ya es la hora-dijo el mayordomo Eudes, hombre que no echaba de menos a la reina.
-Mi señora-dijo Bogdan al ver a Sabrina temblando por la muerte de su padre y al ver que tenía que proclamarse reina-. No tengáis miedo. Seréis una reina excelente.
-¿Y si me ocurre como a mi padre?-preguntó Sabrina miedosamente-. Yo no soy maga pues solo soy una humilde mujer en tiempos bárbaros de la hechicería.
-Y en lo que os queda de vida, como reina, deberías cambiar esto-dijo Bogdan-. La hechicería no es mala pero estos tiempos sí y deberíais, en el futuro, expulsar a la magia negra de nuestros territorios para que hasta la criatura más pequeña pueda vivir en paz.
-Sabias palabras, mi querido esposo-dijo Sabrina-. Mas es más fácil decirlo que hacerlo.
-Cierto es, mi señora-dijo Bagdad-. Pero aún estáis a tiempo de que retiraros y jamás sentaros en el trono y dejad que vuestro hermano Arturo lo posea. Vos decidís.
-En la sala a la que vamos a entrar se encuentran todas las clases sociales. Los privilegiados y el pueblo llano. Campesinos, artesanos, comerciantes, banqueros, hidalgos, frailes, caballeros, abades, príncipes, duques, marqueses y hasta algún obispo. No puedo abandonar al trono y que vaya por sí solo hasta la suerte de mi querido hermano.
-Mi señora-dijo el Eudes-. Debemos entrar ya.
-Haré frente a mi reinado en los próximos años-dijo Sabrina-. Yo no soy inmortal como mi padre. Apenas tengo magia en mis venas pero lo que sí tengo es un carácter que hará que Epix sea la ciudad más pacífica de la historia y que nadie, ni el más valiente león, se atreva a intentar invadirla.
-¡Así se habla!-Dijo Bagdad, el nuevo rey consorte-. Mi excelentísima majestad.
-Ni vos, ni nuestros hijos, ni mis hermanos ni vuestros padres se deben inclinar ante mí jamás-dijo Sabrina-. Pues ante todos los que he nombrado siempre seré vuestra mujer, su madre, su hermana y su nuera.
-¡Abran las puertas!-Dijo el mayordomo a los guardias.
Y mientras Sabrina, cogida de la mano de su esposo y sonriendo , veía como el pueblo se levantaba ante ella el mayordomo desenrolló un pergamino y fue leyendo.
-Señorío de Llastix gobernado por el señor Nicolás y la señora Judith. Barón de Plix gobernado por el barón Elis y la baronesa Elena. Vizcondado de Tulix gobernado por el vizconde Velasco y la vizcondesa Rada. Condado de Pulix  gobernado por el conde Radomir y la condesa Malle. Marquesado de Slix gobernado por el marqués de Milán y la marquesa Meggy. Ducado de Wiltix gobernado por el duque Ermo y la duquesa Garsea.
Después de decir estas palabras, el mayordomo enrolló el pergamino y volvió a introducir otra parte de la fiesta mientras la reina se sentaba en el trono real que estaban al lado de las sillas de su marido a la derecha y su hermano Arturo a la izquierda.
-A continuación comenzará los juramentos ante la reina Sabrina III, ama de todos los habitantes y territorios del reino de Epix.
El mayordomo real, Eudes, cogió un escudo que se encontraba al lado suya con el que estaba grabado un rayo, un pavo real, un tridente, un racimo de uvas, un arpa, un arco con una flecha, una vara con dos serpientes rodeándola y mirándose, un búho azul, un casco con las imágenes grabadas de un bebé, un hombre, un anciano y un cadáver, una concha, una llamarada de fuego y un árbol. Cada pareja de nobles se acercaban ante el escudo que se encontraba en frente de la mesa donde estaban sentados la reina, su marido, sus hijos, sus hermanos y los hijos, mujeres y maridos de sus hermanos y recitaban la misma frase que se habían aprendido de memoria.
-Juro servir a mi reina, a mi ama, a mi señora, a mi dueña y a su fiel esposo desde este momento hasta que la muerte me reciba en sus brazos. Pondré en este futuro próspero toda mi sangre si es necesario.
Cuando acabó el último que eran el señor Nicolás y la señora Judith del señorío de Llastix la reina Sabrina III empezó a decir su discurso.
-Campesinos, artesanos, comerciantes, funcionarios, labradores, soldados, caballeros, patricios, nobleza, clero, marqueses, barones, señores, duques, condes, vizcondes, infantes, príncipes y niños. Espero que sean de vuestro grado la excelentísima y perfecta cena que nos han preparado mis maravillosos cocineros reales. Gracias, chef Luis y gracias vosotros por asistir a este glorioso pero triste día. La muerte de mi padre y de mi tía abuela que resulta que tenía un disfraz de mi hermana… bueno, ha sido rara. Son cosas de magia, ¿no? Pero la felicidad se puede descubrir hasta en el pozo más oscuro de la amargura siempre que salgamos de él. Eso es lo que me enseñó mi padre. Y ahora a comer, veo que vuestros hijos poseen cara de hambre.
Fruta, verdura, carne, pescado, vino, agua, dulces y legumbres. Los campesinos se encontraban muy felices ese día, excepto el tío bisabuelo de Sabrina III al que todos conocía por su nombre temido. Hades, el amo de la bestia de tres cabezas denominado Cerbero, señor del Inframundo y dios de los muertos.
Caminaba por los Campos Elíseos mientras pensaba en lo sucedido a Arturo. Él no podía gobernar al Inframundo a sus anchas pues no era justo. Los Campos Elíseos eran reinados por Radamantis pero gobernados por Hades. Y cuando olía una rosa, se encontró a Arturo.
-Veo que os gustan los Campos Elíseos-dijo Arturo.
-Es mi parte favorita de mis tierras del submundo, no obstante, siempre he tenido la mala fama que nunca me ha reputado. Y vos lo sabéis más que nadie, mi querido sobrino nieto.
-Cierto, ¿me queríais para algo?
-Necesito que durmáis.
-No se si lo sabéis, pero estoy muerto. Los muertos no dormimos.
-Ni los dioses. Pero no es un sueño cualquiera. Hipnos, el dios del sueño, el hijo de la fuerza Nix, mi tío bisabuelo y vuestro tío tatarabuelo.
-Pero, ¿para qué?
-Hipnos tiene la capacidad de ver los sueños de todos nosotros. Desde Caos hasta la más pequeña mosca y para facilitar el reinado de vuestra hija Sabrina III y se regule la balanza de la historia de Epix. Por favor.
-De acuerdo. Pero los dioses tienen prohibido desde la Guerra de Troya bajar a los planetas.
-Es cierto, pero no sus mensajeros.
Esa misma noche, Arturo se durmió en la cama más cómoda que jamás había estado y no tardó mucho pues allí siempre hacía frío y las sábanas y mantas traían un calor muy reconfortante y la almohada de plumas era la más mullida que jamás había apoyado su cabeza. Lo malo era que no se debía despertar hasta que la aventura terminase y era revivir de nuevo el sufrimiento. 

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