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sábado, 7 de marzo de 2015

La Trilogia de Excalibur: La Dama del Lago: Capítulo 4: Un lugar llamado "El Infierno"

Capítulo 4: Un lugar llamado “El Infierno”

Zeus llegó en menos de cuatro jornadas al Mileto, un templo en ruinas y protegido por una barrera.
-No dejo que nadie entre ni salga de mis territorios, Zeus-dijo Hécate-. ¿Por qué debería dejaros marchar?
-Porque necesitáis escoger un bando-respondió Zeus seriamente.
-¿Un bando? ¿A qué os refieres? Me encuentro al margen de las guerras y decisiones del universo desde que me desterrasteis.
-Desterrados nos encontraremos todos dentro de poco si nos unimos en esta lucha.
-No mintáis, por favor. Se perfectamente que me necesitáis para ganar esta guerra mas debéis saber que no os concederé a Excalibur.
-¿Puedo saber el por qué?
-Porque no es lógico darle a un ser despreciable una de las armas más poderosas del universo.
-Hécate, me daréis vuestra firma para deshacer los encantamientos protectores que ocultan la espada y no se discutirá más-dijo Zeus mientras desenvainaba la espada.
-¡Ni se os ocurra amenazar a mi hija, Zeus!-Dijo la diosa Deméter que se acercaba galopando lo más rápido posible hacia su hermano. Esta también desenvainó su espada y le hizo un corte en la cara. Bajó de su caballo furiosa y con la idea de proteger a su hija hasta el final.
-Hija, no tenéis por qué elegir un bando-dijo Deméter.
-Es por vuestra propia seguridad, sobrina-dijo Zeus-. Elegid un bando ya. O yo y mi bando o ella y su rebelión.
-Respetaré vuestra decisión pase lo que pase-dijo Deméter.,
-¿Respetaréis?-Dijo Zeus-. ¿En serio, hermana? Ella ya no se cree esa excusa. No es tan joven e ingenua como creéis.
-Ambos me desterrasteis, ¿y por qué? Por Perséfone.
-Debéis entenderlo, Hécate, hija mía-dijo Deméter-. Perséfone había sido raptada.
-¿Y por qué Hades me quería a mí?-Preguntó Hécate-. Contádmelo y escogeré el bando.
-Si os lo cuento no viviréis un día más, hija mía-dijo Deméter-. ¿Acaso no es suficiente sufrimiento para una madre alejarse de su hija durante siglos? No hay día en el que no me acuerde de vos y no hay día en el que no llore durante la noche. Venid conmigo, os ocultaremos en algún reino que posea nuestra rebelión y estaréis segura. Si Caos accede a este reino, vuestra barrera será destruida completamente y no se sabrá nada de vos.
-Tenéis razón-dijo Hécate.
-Es cierto, tenéis razón-dijo Zeus-. Pero como deis un paso hacia la Rebelión de los Seres lo lamentaréis.
-No habéis cambiado nada, tío-dijo Hécate-. Sigue siendo tan difícil parlamentar con vos como antaño.
-Ponedme a prueba, sobrina-dijo Zeus-. Intentad iros.
El cielo se entristeció aún más, a pesar de todo lo que había pasado, pero no era por el enfrentamiento de Zeus sino por alguien que había ido al Mileto a matar a esos tres dioses o ha encerrarlos en el reino de Tártaro. Un joven con alas tan negras como la noche, una túnica con capucha azul, una antorcha de fuego oscuro y una espada desenvainada se situó enfrente de los tres dioses.
-¡Tánatos!-Dijo Zeus.
-¡Zeus!-Dijo Tánatos-¡Deméter!
-¡Tánatos!-Dijo Deméter.
-Hécate-dijo la diosa-. Y ahora que nos conocemos todos, ¿nos marchamos ya?
-¡Hécate!-Dijo Tánatos-. No estoy tan acostumbrado a llevarme a dioses y más si son de la primera generación mas creo que lo haré bien.
-Por encima de mi cadáver-dijo Zeus.
-Esa es precisamente la idea que tengo-dijo Tánatos-. Mi señor os aguarda y sería de muy mala educación no asistir a una reunión.
-Pues que nos perdone-dijo Zeus.
Tánatos desenvainó su espada y ágilmente se protegió de Zeus y Deméter. Hécate salió de los terrenos del Mileto y fue rápidamente hacia el dios de la muerte. Hizo aparecer una pequeña navaja que fue directa hacia las venas del brazo de su enemigo para despistarle mientras Deméter intentaba golpearle. Mas no funcionó. Tánatos hizo aparecer un escudo de hierro que fue lanzado fuertemente contra la diosa de la agricultura, lo que hizo que se desmayara. Hécate hizo aparecer una espada en su brazo derecho y luchó contra Tánatos junto con Zeus. Mas el combate estaba demasiado igualado. La espada de Zeus comenzó a brillar con la misma luz de un trueno e intentó acuchillar a su rival pero la espada de Zeus no era la única que era especial. El arma de Tánatos también brillo y en ella apareció en su hoja una lámina de fuego oscuro. Hécate decidió dejar las cosas e hizo levitar hacia atrás bruscamente a su tío Zeus.
-No podéis vencerme-dijo Tánatos.
-¿Aún no habéis entendido a la magia?-Preguntó Hécate.
Ambos cruzaron sus espadas y hubo un destello blanco. El tiempo se paralizo y los planetas dejaron de moverse. Cuando Zeus pudo ver, Tánatos se había convertido en una especie de hombre encapuchado con una daga que intentaba andar mas cojeaba como el anciano más cojo del siglo y Hécate se hallaba convertida en piedra, como una estatua, pero había dos mujeres iguales que ella pegadas a su izquierda y a su derecha. ¿Por qué?
Mientras, los hermanos hechiceros habían logrado traspasar el portal que había utilizado antes Morgana y actualmente se encontraban en el Inframundo. Un hombre albino, casi sin carne, y con la capucha blanca se encontraba al lado de unas puertas de oro macizo. Parecía que estaba custodiando el paso.
-¿Quiénes sois?-Preguntó Caronte.
-Somos los hermanos e hijos de los dioses Zeus y Hera. Nuestro nombre es Merlín, yo, y Marlín, é. Os rogamos que nos dejéis pasar.
-Lo siento mas incumpliría mi deber-dijo Caronte.
-Por favor, mi hijo está en peligro-dijo Marlín.
-Tengo entendido que hay una guerra en la Gran Llanura del Norte. ¿Quizás esté allí?
-Venimos de allí-dijo Merlín-. Mas se cual es vuestra política y es muy diferente a la de vuestro señor.
Merlín hizo aparecer unas monedas de planta llamadas dracmas. Este se las entregó a Caronte y el anciano los recibió de buen agrado.
-Síganme-dijo Caronte.
Pero no fueron conducidos por las grandes puertas de oro macizo sino por una pequeña de madera de roble que se encontraba a la izquierda. Entraron en un túnel iluminado por antorchas de fuego azul cielo. Era inmenso, giraron varias veces a la izquierda y después a la derecha. Siguieron todo recto y luego volvieron a girar en todas las direcciones. Más tarde, se pararon en una bifurcación en la que había un cartel con tres flechas. La de la izquierda señalaba el camino hacia el reino de Tártaro, la del centro que conducía a la Isla de los Bienaventurados y la de la derecha llevaba a los Campos Elíseos.
-Aquí es donde he de dejaros-dijo Caronte-. Mis obligaciones me impiden que avance un paso más.
-¡No puedes dejarnos aquí!-dijo Marlín-. ¡No sabemos lo que puede haber ahí dentro!
-Si sois unos magos verdaderos y sabios sabréis lo que hay en el reino de Tártaro-dijo Caronte.
-¿No podemos haceros cambiar de opinión, señor Caronte?-Preguntó Merlín.
-Lo siento, Merlín-dijo Caronte-. Pero no existen suficientes dracmas como para dejar mi trabajo o hacer que me despidan. Buena suerte.
-No podemos luchar contra su voluntad, hermano-dijo Merlín mientras veían como Caronte se alejaba-. Adelante pues.
-Siempre tan parlamentario-dijo Marlín.
Y mientras cogían el camino de la izquierda hacia el reino de Tártaro comenzaron a debatir.
-Entiendo vuestro enojo-dijo Merlín.
-No, no lo entendéis-dijo Marlín.
-Sí, sí que lo entiendo. No sabéis nada sobre el paradero de vuestra esposa, ha estallado una guerra en nuestros propios terrenos y vuestro hijo ha sido raptado pero tened en cuenta que también son mis terrenos, mi cuñada y mi sobrino.
-Tenéis razón mas no es justa.
-¿Justa? ¿Qué no la es?
-Mi vida, nuestra vida. Somos magos, ¿no? ¿Por qué nos sucede todo esto? ¿Por qué no hemos cambiado el mundo? ¿Por qué sigue igual de prehistórico?
-El mundo sigue igual de prehistórico mas su gente no. Cambiar un universo entero no es una tarea que se ha de realizar en una jornada, ¡se necesitan milenios! Es cierto, sigue habiendo guerras y muerte mas su número no es tan alto como el de antaño y somos nosotros quienes hemos de cambiar eso. Desde nuestro nacimiento, se nos ha encomendado la tarea de proteger al universo de Caos mas, ¿por qué no protegemos al universo de sí mismo? Caos no es solo el único villano en esta historia.
-Tenéis más razón que un santo, hermano, pero no me neguéis que no es triste. Personas matando personas… me entristece el alma.
-Para eso están las nuevas generaciones, ¿no? Para cambiar lo patógeno del mundo y convertirlo en sanas acciones que nos ayudarán a encontrar la felicidad.
-Mas no podemos dejarlo todo en manos de las nuevas generaciones pues así, ellos harán lo mismo que nosotros.
-¿Y no estamos los de las antiguas generaciones para ayudar? Si nos unimos todo esto… cambiará-dijo Merlín finalizando el debate-. Aquí están… las puertas del reino de Tártaro.
-¿Volveremos a ver la luz del sol?-Preguntó Marlín.
Ambos se abrazaron como hermanos que eran y abrieron las puertas tan grandes como las que se encontraban en la entrada del Inframundo. Cuando entraron al reino de Tártaro lo primero que vieron era grandes puentes de rocas, minerales, cristales y piedras preciosas pero no se encontraba nadie en lo que parecía el interior de una montaña hasta que avanzaron unos pasos y atravesaron unos de los enormes puentes y cuando se hallaron a mitad de camino escucharon una voz detrás suya.
-¿Qué hacen aquí?-Preguntó Hades.
-¡Hades!-Dijo Marlín-. Esto… estábamos… seré muy claro. ¿Dónde está mi hijo?
-¿Vuestro hijo?-Preguntó Hades-. Él debería estar con su madre.
-Y nosotros deberíamos estar en la Gran Llanura del Norte batallando con las fuerzas de Caos y de Zeus-dijo Merlín-. Mas los acontecimientos han cambiado.
-Zeus no está solo, Merlín-dijo Hades-. Deberían haberse dado cuenta ya. Están en el reino de Tártaro…
-Sabemos perfectamente donde nos hallamos-dijo Marlín.
-Mas, ¿sabéis a quién os enfrentáis?-Preguntó Hades pero lo que ocurrió después fue una visión muy desagradable. La piel de Hades se fue derritiendo, los ojos se cayeron y el pelo se convirtió en niebla gris. Después los músculos se separaron como si hubiese alguien dentro que lo estuviese haciendo y era cierto. Un hombre había sido sustituido por Hades.
-¡Minos!-Dijo Marlín.
-Exacto-dijo Minos, el juez de las almas del Inframundo-. Arturo es nuestro, Marlín. No es necesario luchar.
-Arturo es mi hijo y no hay más que hablar-dijo Marlín.
-Veo que nadie lo entiende-dijo Minos-. Necesitamos investigar sobre el asunto de Oráculo y no nos lo impediréis. Si es necesario os retaré a un duelo.
-No es necesario luchar-dijo Merlín.
-¡Qué lástima!-Se burló Minos-. Porque me apetece bastante.
Minos hizo aparecer una espada en su mano izquierda y dio una vuelta de trescientos sesenta grados mientras una nube blanca lo cubría y le protegía de los hermanos. Dicha nube creció y desapareció. Entre las grietas de las paredes y los puentes aparecieron unos caballeros con espadas y escudos pero se encontraban muertos.
-Estos se denominan zombis-dijo la voz de Minos que se hallaba en el aire-. Fuertes caballeros del reino de Tártaro que hacen cualquier cosa por conseguir un trozo de carne jugosa.
Las rubíes, zafiros, diamantes, etc… comenzaron a brillar y el suelo tembló. El puente fue destruido y los dos magos cayeron a gran velocidad a lo que parecía un pozo enorme sin fondo. Con rocas tan oscuras y frías como los icebergs del polo norte. De repente, una bandada de murciélagos de medio metro se lanzaron contra los hermanos hechiceros pero un destello blanco de Marlín y fueron convertidos en cenizas. Después hicieron aparecer una saga y se la ataron a una cintura y en cuanto vieron el saliente más estable se aprovecharon y se sujetaron a este. Comenzaron a escalar pero tardarían días y semanas para llegar a la superficie hasta que escucharon una voz. Pertenecía a una mujer que parecía asustada y desesperada.
-¡Por aquí! ¡Vamos, es por aquí!-Dijo la mujer.
-No os entendemos-dijo Merlín.
-Debes coger el diamante y tirarlo al vacío-dijo la mujer.
-¿Por qué?-Preguntó Marlín.
-Vos hacedlo, si no os ahogaréis en un lago de lava-dijo la mujer.
-Aquí hay muchos diamantes, ¿cuál cojo?-Preguntó Merlín.
-¿Es que nos fiamos de ella?-Preguntó Marlín.
-¡Qué alternativa nos queda!-Se quejó Merlín.
-El diamante soleado-dijo la mujer-. Él parará la lava.
-Aquí no hay ninguna lava-dijo Marlín.
-Subirá si no me hacéis caso-dijo la mujer-. ¡Rápido cogedlo!
Merlín observó que a su izquierda había un diamante casi transparente del todo con una esfera parecida al sol en su interior. Lo arrancó de la solida roca y lo arrojó al vacío oscuro. De repente, hubo un destello luminoso de color naranja y ambos magos no tuvieron más remedio que cerrar los ojos para no quedarse ciegos. En unos segundos se encontraban en una sala oscura, con un trono de plata y una gran mesa de bronce llena de comida y bebida. La mujer que les había hablado se encontraba allí, con cara de preocupación y con las lágrimas cayendo de sus ojos como tal agua en una catarata.
-¿Qué os sucede, mi señora?-Preguntó Merlín.
-Es él… él está viniendo y va a pisotearnos más fuerte que nunca-dijo la mujer.
-¿Cómo os llamáis?-Preguntó Merlín.
-Soy Perséfone, hija de la diosa Deméter.
-¿Sois vos la mujer de Hades?-Preguntó Merlín.
-Desgraciadamente he de afirmar esa información-dijo Perséfone.
-Perséfone es la hija semidiosa raptada de Deméter y la hermanastra de Hécate-dijo Merlín-. Que fue secuestrada por Hades y nadie sabe el motivo. Durante los meses diciembre, enero y febrero es traída aquí al Inframundo, ¿verdad, majestad?
-No sabía que mi historia era tan famosa-dijo Perséfone.
-Y vos no sabíais lo que tanto sufrió vuestra hermanastra y vuestros padres-dijo Merlín.
-Siento interrumpir este debate mas mi hijo ha sido secuestrado y yo encerrado en el reino de Tártaro, ¿sería muy imprudente pedir ayuda para marcharnos de aquí?-dijo irónicamente Marlín.
-Sí, por supuesto-dijo Perséfone-. Una de las ventajas que tiene ser la reina del Inframundo es que me conozco cada salida.
-Pues cojamos a mi hijo y a una de esas salidas-dijo Marlín.
-No es tan fácil-dijo Perséfone-. Hestia construyó este lugar para que solo Hades y los de su confianza saliesen de aquí. Y a mí no me dejan salir hasta el comienzo de la primavera. Y para esa fecha quedan aún casi tres meses.
-Pues no podemos esperar tanto tiempo-dijo Marlín-. Reina Perséfone, vos lleváis más tiempo aquí que ningún otro ser. Debéis saber las debilidades de este lugar.
-Como ya os dije, nadie sabe marcharse de este lugar si no es de la confianza de Hades-dijo Perséfone-. Y me temo que vosotros dos no lo sois.
-¿Sabéis, al menos, en qué parte de este deprimente reino se hospeda el antiguo rey Minos?-Preguntó Merlín.
-El rey Minos…-dijo jactándose Perséfone-. Se donde se hospeda mas nadie ha entrado allí jamás. Ni Tártaro ni Hades ni nadie que aprecie su alma ha entrado en los terrenos del rey Minos.
-Pues si es cierto lo que vos nos decís-dijo Marlín-. Entonces tendremos que romper esa bella tradición. ¿Dónde, majestad?
-No permitiré que partáis solos, iré yo también-dijo Perséfone.
-Y nosotros no permitiremos que arriesguéis vuestra vida por mi sobrino, majestad-dijo Merlín.
-He escuchado algo sobre la profecía del Oráculo que conlleva vuestro sobrino, Merlín-dijo Perséfone-. Y no voy a desaprovechar esta oportunidad.
-¿A qué se refiere con desaprovechar esta oportunidad exactamente, reina Perséfone?-Preguntó Marlín.
-No estoy con Caos ni con Zeus, señor Marlín-dijo Perséfone-. Si es eso lo que os preocupa. ¿Comenzamos nuestro viaje a la perdición?
-No deberíamos partir hasta que no nos digáis exactamente donde se halla el rey Minos con mi hijo ahora, en este mismo instante-dijo Marlín.
-Nunca encontraréis al rey Minos durmiendo en una cama abrazado a su muñeco-dijo Perséfone jactándose del cruel ser-. Lo podremos ver en la sala de juicios. Y es ahí donde nunca lograremos pasar.
-¿Y por qué mi hijo, un bebé de tres semanas, tendría que estar en una sala de juicios?-Preguntó Marlín.
-Porque esa sala conduce a otras salas con seguridad aún mayor-dijo Perséfone.
Y con esas palabras dieron por acabado el debate y salieron de los aposentos de la reina del Inframundo por otra puerta. Entraron en una sala pequeña con escaleras de caracol y descendieron  a través de estas. Parecía que nunca iban a tener fin hasta que la reina Perséfone se agachó para coger una piedra que la tiró, momentos después, como si estuviese jugando a la rayuela.
-Continuemos-dijo Perséfone.
Avanzaron hasta el escalón donde había caído la piedra donde se pararon pues los escalones comenzaron a moverse solos. Una pared se formó a media docena de peldaños delante de ellos y estos se pararon justo ahí pues aunque dicho muro parecía de la roca más sólida que existe era una puerta que la reina Perséfone abrió.
-Ya lo dije antaño-dijo la mujer-. El Inframundo fue construido de tal manera que ningún muerto saliese de aquí. Y protegeros de manera excelente pues lo que hay a partir de estas puertas no parecerá ser… verídico.
Entraron en un largo pasillo parecido al que fueron conducidos por Caronte pero este se encontraba a oscuras con antorchas apagadas.
-No os preocupéis-dijo Merlín-. Yo la enciendo.
Y en cuanto cogió la antorcha, un fuego fue encendido. Atravesaron el  pasillo y entraron a una sala cuadrada llena de puertas y cada una de ellas estaban vigiladas por un zombi.
-¿Cómo no os atrevéis a retirar las armas cuando vuestra reina está en presencia vuestra?-Preguntó furiosa Perséfone.
-Señor… dijo… reglas-dijo uno de los zombis intentando hablar.
-Son lo suficientemente inteligentes para acatar las órdenes mas lo justo de imbéciles para no tener sentido común-dijo Perséfone-. ¡Abrid las puertas!
Los zombis se negaron moviendo la cabeza mientras Perséfone ponía cara de cansancio y enfado. Segundos después sucedió algo que ninguno de los dos hermanos se esperaba.  Perséfone le arrebató una espada a un zombie rápidamente y fue cortando las cabezas de cada uno. Después pisó fuerte en una baldosa del centro y la mitad del suelo de la sala desapareció haciendo caer los cuerpos de los zombis al mismo vacío que habían estado los hermanos hechiceros.
-Se recompondrán y pronto-dijo Perséfone-. Hemos de continuar y rápido.
Abrieron una de las puertas y creían que iba a suceder algo malo cuando se hallaron en una sala de juicios vacía. No había nadie allí y Marlín comenzó a pensar que posiblemente se hallasen fuera del submundo.
-Tened mucho cuidado-dijo Perséfone-. Esta es quizás la sala más oscura de todo el Inframundo y el reino de Tártaro.
-¿Por qué?-Preguntó Marlín-. Si solo es una sala normal.
-¡Marlín!-Dijo la voz de Atalanta.
-¡Atalanta!-Dijo el mago esperando a que su mujer apareciese-. ¿Dónde estáis, querida?
-¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Él tiene a nuestro hijo!-Dijo Atalanta-. Tened cuidado.
-¡Minos!-Dijo Marlín.
-¡No deberías haber pronunciado su nombre!-Dijo Perséfone.
De repente se escuchó una risa diabólica que procedía de la voz del rey Minos. Después todos los objetos de la sala se incendiaron de un fuego más oscuro que el que había conjurado Morgana tiempo atrás. Instantes más tarde se quedaron atrapados entre  el fuego y la magia oscura del rey Minos que acababa de aparecerse. Pero Merlín, ágil como un rayo, conjuró un hechizo de protección que hizo retroceder al rey Minos y a sus fuerzas oscuras.
-¡Id a por mi sobrino!-Dijo Merlín señalando a su hermana-. Nosotros le mantendremos ocupado.
-Buena suerte, hermano-dijo Marlín despidiéndose.
-¡Corred!-Dijo Perséfone-. Por la puerta de la derecha.
Marlín avanzó hacia la puerta y la atravesó.
-No os dais cuenta del peligro que hay tras esa puerta-dijo Minos-. Alguien con poderes mucho más oscuros que yo lleva en un manto al hijo del mago.
-¡Radamantis!-Dijo Perséfone asombrada-. ¡No puede ser! ¡Él fue desterrado! ¡Se le despidió tras su último juicio!
-Mas eso no significa que él no trabaje para Caos, ¿no es cierto?-Dijo Minos.
De repente, una serpiente de fuego, que llegaba a medir hasta los cinco metros, atacó a la reina del Inframundo y al hechicero hijo de Zeus.
-No tenéis escapatoria-dijo Minos-. Morid como héroes o vivid como fracasados.
La serpiente se abalanzó sobre Merlín pero este pudo esquivarla mientras Perséfone la intentaba atacar con la espada que le había robado al zombi. Hubo un destello de luz blanca dirigido hacia Minos de parte de Merlín y toda la sala desapareció.
Mientras, Marlín acababa de entrar por la puerta que le había indicado la reina Perséfone. Se encontraba llorando, en un pasillo de piedras oscuras con antorchas de fuego azul turquesa. Así pues, entre lágrimas, se enderezó y comenzó a explorar las tenebrosas rocas. Parecía una cueva prehistórica pues había dibujos pintados con sangre y tizas elaboradas por pequeñas piedrecitas. No podía averiguar de que se trataban parecían líneas trazadas al azar. Siguió caminando hasta que gracias al tiempo no pudo seguir andando por cansancio. Era un pasillo interminable, no veía nada más que la luz que procedía de las antorchas y las imágenes de las paredes hasta que se encontró a un hombre. Iba andando hasta él cuando se detuvo y al ver su rostro se detuvo y llevaba en sus brazos un bebé tapado con una manta elaborada por hilos de oro.
-¿Radamantis?-Preguntó Marlín agotado.
-Cierto-dijo él-. Y creo que os veré dentro de poco aquí mismo yendo a vuestro juicio final.
-Me niego a morir aquí y ahora-dijo Marlín.
-Podéis negaros todo lo que deseéis mas vuestro hijo será uno de las posesiones más preciadas de mi señor-dijo Radamantis.
-Os… os… mataré-dijo Marlín.
-Lo dudo mucho-dijo Radamantis.
-¡Alto!-Gritó una voz que venía de detrás del anciano juez. Hades se hallaba allí presente con una espada cuyo mango era negro y rojo oscuro y la hoja parecía elaborada por los diamantes más duros, fuertes y resistentes que había.
-¿Cómo osáis a hablarme así?-Preguntó Radamantis furioso y asustadizo-. ¡Uno de los tres jueces de la muerte!
-Y yo soy Hades, el dios de los muertos y ahora os comunico que debéis entregarme al niño… ¿qué lleva puesto?-Preguntó Hades.
-Algo que hará que controle su magia-dijo Radamantis.
-¡El vellocino de oro!-Dijo Hades.
-¡Exacto!-Dijo Radamantis-. Y en cuanto acabe su conjuro ya no tendremos ningún problema por culpa de esta criatura.
-¿Conjuro?-Preguntó Marlín furioso-. ¿Querréis decir maldición? ¡Le habéis puesto un arma homicida en su pequeño cuerpecito inocente! ¡Lo lamentaréis!
-Yo de vos no haría nada si no queréis que vuestro hijo sufra durante toda su larga de vida de mago-dijo Radamantis.
-¿Entonces el niño es un mago? ¿Lo confirmáis?-Preguntó Hades intrigado-. Recordad que es hijo nacido también de una ninfa de la naturaleza.
-No penséis que nuestras sospechas sean aún válidas tan pronto y tampoco os diré nada-dijo Radamantis-. Ahora, si me disculpáis.
-¡No!-Dijo Marlín abalanzándose contra el juez.
Radamantis era poderoso y pudo esquivar el golpe de Marlín y el ataque afilado de la espada de Hades sin soltar al niño.
-Esta vez no emplearemos la fuerza sino la magia como no soltéis a mi hijo-amenazó Marlín.
-¡No os atreváis a amenazarme! –Dijo Radamantis.
Marlín levantó su brazo derecho y lo movió de tal forma que parecía un látigo. Hubo un destello azul y una parte del techo se derrumbó para asustar a Radamantis pero este se mantuvo quieto.
-¿En serio pensáis en que podéis conmigo?-Preguntó Radamantis.
-Él no mas yo sí-dijo Hades.
Hades chasqueó los dedos y el pequeño Arturo apareció entre sus brazos mientras este se reía con una sonrisa diabólica y fría. ´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rme al niño... de los muertos y ahora os comunico que deba muerte! rojo oscuro y la hoja parec
-¡Me vengaré!-Dijo Radamantis mientras las rocas se arremolinaban alrededor suya. Lo que estaba haciendo era un hechizo de desaparición y lo conjuró. Radamantis había desaparecido y nadie sabía donde se encontraba.
-Hades, por favor, Arturo necesita a su padre y a su madre-dijo Marlín.
-Qué pena porque… ¡no puede ser!-Dijo Hades sorprendiéndose al ver que el bulto entre mantas y pañales no era más que un juguete.
-¿Qué sucede?-Preguntó Marlín preocupado.
-Ha jugado con nosotros-dijo Hades-. ¡Rápido hay que encontrarle!
-Puede estar en cualquier sitio-dijo Marlín.
-No, el Inframundo está a prueba de ese tipo de hechizos, mi querido sobrino-dijo Hades.
El dios de los muertos y el mago comenzaron a buscar rápidamente a Radamantis. Marlín no podía pensar en que sucedería si él perdería la batalla y su hijo Arturo quedase en manos de ese asesino. Tenía que encontrarlo, era su deber como padre. Una lágrima se había caído al suelo cuando se encontraron con Merlín.
-¡Merlín!-Dijo su hermano dándole un abrazo.
-Hermano, han cogido a Arturo…
-Sí, lo sé-dijo Marlín.
-¿Y Perséfone?-Preguntó Hades.
-Se ha quedado allí para entretener a Minos-dijo Merlín.
-¿Qué? ¡No puede ser! ¡La va a matar!-Dijo Hades.
-Ella me dijo que me marchase a buscar a mi sobrino-dijo Merlín-. Yo quería protegerla pero no me dejó. Esa mujer posee mucha magia, Hades, estará bien.
-Mas os vale-dijo Hades.
-¿Se os ocurre una parte del Inframundo donde puede estar escondido Radamantis?-Preguntó Marlín a su hermano.
-¿Radamantis? ¿El juez?-Preguntó Merlín.
-Exacto-respondió Marlín.
-En… en… ¿en los jardines del fuego oscuro?-Sugirió Merlín.
-Imposible-dijo Hades-. Esos jardines están protegidos por una poderosa magia. Ni yo mismo puedo entrar pues sus puertas se sellaron para que nunca jamás sean abiertas de nuevo.
-Mas Radamantis trabaja para alguien que no tiene límites-dijo Marlín-. Alguien que desea el mal a toda costa y que hará lo que sea para que el universo sea suyo. Alguien como Caos.
Merlín y su tío Hades sabían que Marlín tenía razón pero que era demasiado peligroso para entrar allí aunque tenían que intentarlo. ¿Iban a caer en la boca del lobo? Solo se sabía que para que Arturo fuese una de las posesiones de Caos uno de los magos tenía que morir. Para que el final feliz de Caos estuviese permanente alguien que significase estabilidad para Arturo tendría que morir y si cruzaban esas puertas sabían que solo iban a volver dos.