Capítulo 4: Un lugar
llamado “El Infierno”
Zeus
llegó en menos de cuatro jornadas al Mileto, un templo en ruinas y protegido
por una barrera.
-No
dejo que nadie entre ni salga de mis territorios, Zeus-dijo Hécate-. ¿Por qué
debería dejaros marchar?
-Porque
necesitáis escoger un bando-respondió Zeus seriamente.
-¿Un
bando? ¿A qué os refieres? Me encuentro al margen de las guerras y decisiones
del universo desde que me desterrasteis.
-Desterrados
nos encontraremos todos dentro de poco si nos unimos en esta lucha.
-No
mintáis, por favor. Se perfectamente que me necesitáis para ganar esta guerra
mas debéis saber que no os concederé a Excalibur.
-¿Puedo
saber el por qué?
-Porque
no es lógico darle a un ser despreciable una de las armas más poderosas del
universo.
-Hécate,
me daréis vuestra firma para deshacer los encantamientos protectores que
ocultan la espada y no se discutirá más-dijo Zeus mientras desenvainaba la
espada.
-¡Ni
se os ocurra amenazar a mi hija, Zeus!-Dijo la diosa Deméter que se acercaba
galopando lo más rápido posible hacia su hermano. Esta también desenvainó su
espada y le hizo un corte en la cara. Bajó de su caballo furiosa y con la idea
de proteger a su hija hasta el final.
-Hija,
no tenéis por qué elegir un bando-dijo Deméter.
-Es
por vuestra propia seguridad, sobrina-dijo Zeus-. Elegid un bando ya. O yo y mi
bando o ella y su rebelión.
-Respetaré
vuestra decisión pase lo que pase-dijo Deméter.,
-¿Respetaréis?-Dijo
Zeus-. ¿En serio, hermana? Ella ya no se cree esa excusa. No es tan joven e
ingenua como creéis.
-Ambos
me desterrasteis, ¿y por qué? Por Perséfone.
-Debéis
entenderlo, Hécate, hija mía-dijo Deméter-. Perséfone había sido raptada.
-¿Y
por qué Hades me quería a mí?-Preguntó Hécate-. Contádmelo y escogeré el bando.
-Si
os lo cuento no viviréis un día más, hija mía-dijo Deméter-. ¿Acaso no es
suficiente sufrimiento para una madre alejarse de su hija durante siglos? No
hay día en el que no me acuerde de vos y no hay día en el que no llore durante
la noche. Venid conmigo, os ocultaremos en algún reino que posea nuestra
rebelión y estaréis segura. Si Caos accede a este reino, vuestra barrera será
destruida completamente y no se sabrá nada de vos.
-Tenéis
razón-dijo Hécate.
-Es
cierto, tenéis razón-dijo Zeus-. Pero como deis un paso hacia la Rebelión de
los Seres lo lamentaréis.
-No
habéis cambiado nada, tío-dijo Hécate-. Sigue siendo tan difícil parlamentar
con vos como antaño.
-Ponedme
a prueba, sobrina-dijo Zeus-. Intentad iros.
El
cielo se entristeció aún más, a pesar de todo lo que había pasado, pero no era
por el enfrentamiento de Zeus sino por alguien que había ido al Mileto a matar
a esos tres dioses o ha encerrarlos en el reino de Tártaro. Un joven con alas
tan negras como la noche, una túnica con capucha azul, una antorcha de fuego
oscuro y una espada desenvainada se situó enfrente de los tres dioses.
-¡Tánatos!-Dijo
Zeus.
-¡Zeus!-Dijo
Tánatos-¡Deméter!
-¡Tánatos!-Dijo
Deméter.
-Hécate-dijo
la diosa-. Y ahora que nos conocemos todos, ¿nos marchamos ya?
-¡Hécate!-Dijo
Tánatos-. No estoy tan acostumbrado a llevarme a dioses y más si son de la
primera generación mas creo que lo haré bien.
-Por
encima de mi cadáver-dijo Zeus.
-Esa
es precisamente la idea que tengo-dijo Tánatos-. Mi señor os aguarda y sería de
muy mala educación no asistir a una reunión.
-Pues
que nos perdone-dijo Zeus.
Tánatos
desenvainó su espada y ágilmente se protegió de Zeus y Deméter. Hécate salió de
los terrenos del Mileto y fue rápidamente hacia el dios de la muerte. Hizo
aparecer una pequeña navaja que fue directa hacia las venas del brazo de su
enemigo para despistarle mientras Deméter intentaba golpearle. Mas no funcionó.
Tánatos hizo aparecer un escudo de hierro que fue lanzado fuertemente contra la
diosa de la agricultura, lo que hizo que se desmayara. Hécate hizo aparecer una
espada en su brazo derecho y luchó contra Tánatos junto con Zeus. Mas el
combate estaba demasiado igualado. La espada de Zeus comenzó a brillar con la
misma luz de un trueno e intentó acuchillar a su rival pero la espada de Zeus
no era la única que era especial. El arma de Tánatos también brillo y en ella
apareció en su hoja una lámina de fuego oscuro. Hécate decidió dejar las cosas
e hizo levitar hacia atrás bruscamente a su tío Zeus.
-No
podéis vencerme-dijo Tánatos.
-¿Aún
no habéis entendido a la magia?-Preguntó Hécate.
Ambos
cruzaron sus espadas y hubo un destello blanco. El tiempo se paralizo y los
planetas dejaron de moverse. Cuando Zeus pudo ver, Tánatos se había convertido
en una especie de hombre encapuchado con una daga que intentaba andar mas
cojeaba como el anciano más cojo del siglo y Hécate se hallaba convertida en
piedra, como una estatua, pero había dos mujeres iguales que ella pegadas a su
izquierda y a su derecha. ¿Por qué?
Mientras,
los hermanos hechiceros habían logrado traspasar el portal que había utilizado
antes Morgana y actualmente se encontraban en el Inframundo. Un hombre albino,
casi sin carne, y con la capucha blanca se encontraba al lado de unas puertas
de oro macizo. Parecía que estaba custodiando el paso.
-¿Quiénes
sois?-Preguntó Caronte.
-Somos
los hermanos e hijos de los dioses Zeus y Hera. Nuestro nombre es Merlín, yo, y
Marlín, é. Os rogamos que nos dejéis pasar.
-Lo
siento mas incumpliría mi deber-dijo Caronte.
-Por
favor, mi hijo está en peligro-dijo Marlín.
-Tengo
entendido que hay una guerra en la Gran Llanura del Norte. ¿Quizás esté allí?
-Venimos
de allí-dijo Merlín-. Mas se cual es vuestra política y es muy diferente a la
de vuestro señor.
Merlín
hizo aparecer unas monedas de planta llamadas dracmas. Este se las entregó a
Caronte y el anciano los recibió de buen agrado.
-Síganme-dijo
Caronte.
Pero
no fueron conducidos por las grandes puertas de oro macizo sino por una pequeña
de madera de roble que se encontraba a la izquierda. Entraron en un túnel
iluminado por antorchas de fuego azul cielo. Era inmenso, giraron varias veces
a la izquierda y después a la derecha. Siguieron todo recto y luego volvieron a
girar en todas las direcciones. Más tarde, se pararon en una bifurcación en la
que había un cartel con tres flechas. La de la izquierda señalaba el camino
hacia el reino de Tártaro, la del centro que conducía a la Isla de los
Bienaventurados y la de la derecha llevaba a los Campos Elíseos.
-Aquí
es donde he de dejaros-dijo Caronte-. Mis obligaciones me impiden que avance un
paso más.
-¡No
puedes dejarnos aquí!-dijo Marlín-. ¡No sabemos lo que puede haber ahí dentro!
-Si
sois unos magos verdaderos y sabios sabréis lo que hay en el reino de
Tártaro-dijo Caronte.
-¿No
podemos haceros cambiar de opinión, señor Caronte?-Preguntó Merlín.
-Lo
siento, Merlín-dijo Caronte-. Pero no existen suficientes dracmas como para
dejar mi trabajo o hacer que me despidan. Buena suerte.
-No
podemos luchar contra su voluntad, hermano-dijo Merlín mientras veían como
Caronte se alejaba-. Adelante pues.
-Siempre
tan parlamentario-dijo Marlín.
Y
mientras cogían el camino de la izquierda hacia el reino de Tártaro comenzaron
a debatir.
-Entiendo
vuestro enojo-dijo Merlín.
-No,
no lo entendéis-dijo Marlín.
-Sí,
sí que lo entiendo. No sabéis nada sobre el paradero de vuestra esposa, ha
estallado una guerra en nuestros propios terrenos y vuestro hijo ha sido
raptado pero tened en cuenta que también son mis terrenos, mi cuñada y mi
sobrino.
-Tenéis
razón mas no es justa.
-¿Justa?
¿Qué no la es?
-Mi
vida, nuestra vida. Somos magos, ¿no? ¿Por qué nos sucede todo esto? ¿Por qué
no hemos cambiado el mundo? ¿Por qué sigue igual de prehistórico?
-El
mundo sigue igual de prehistórico mas su gente no. Cambiar un universo entero
no es una tarea que se ha de realizar en una jornada, ¡se necesitan milenios!
Es cierto, sigue habiendo guerras y muerte mas su número no es tan alto como el
de antaño y somos nosotros quienes hemos de cambiar eso. Desde nuestro
nacimiento, se nos ha encomendado la tarea de proteger al universo de Caos mas,
¿por qué no protegemos al universo de sí mismo? Caos no es solo el único
villano en esta historia.
-Tenéis
más razón que un santo, hermano, pero no me neguéis que no es triste. Personas
matando personas… me entristece el alma.
-Para
eso están las nuevas generaciones, ¿no? Para cambiar lo patógeno del mundo y
convertirlo en sanas acciones que nos ayudarán a encontrar la felicidad.
-Mas
no podemos dejarlo todo en manos de las nuevas generaciones pues así, ellos
harán lo mismo que nosotros.
-¿Y
no estamos los de las antiguas generaciones para ayudar? Si nos unimos todo
esto… cambiará-dijo Merlín finalizando el debate-. Aquí están… las puertas del
reino de Tártaro.
-¿Volveremos
a ver la luz del sol?-Preguntó Marlín.
Ambos
se abrazaron como hermanos que eran y abrieron las puertas tan grandes como las
que se encontraban en la entrada del Inframundo. Cuando entraron al reino de
Tártaro lo primero que vieron era grandes puentes de rocas, minerales,
cristales y piedras preciosas pero no se encontraba nadie en lo que parecía el
interior de una montaña hasta que avanzaron unos pasos y atravesaron unos de
los enormes puentes y cuando se hallaron a mitad de camino escucharon una voz
detrás suya.
-¿Qué
hacen aquí?-Preguntó Hades.
-¡Hades!-Dijo
Marlín-. Esto… estábamos… seré muy claro. ¿Dónde está mi hijo?
-¿Vuestro
hijo?-Preguntó Hades-. Él debería estar con su madre.
-Y
nosotros deberíamos estar en la Gran Llanura del Norte batallando con las
fuerzas de Caos y de Zeus-dijo Merlín-. Mas los acontecimientos han cambiado.
-Zeus
no está solo, Merlín-dijo Hades-. Deberían haberse dado cuenta ya. Están en el
reino de Tártaro…
-Sabemos
perfectamente donde nos hallamos-dijo Marlín.
-Mas,
¿sabéis a quién os enfrentáis?-Preguntó Hades pero lo que ocurrió después fue
una visión muy desagradable. La piel de Hades se fue derritiendo, los ojos se
cayeron y el pelo se convirtió en niebla gris. Después los músculos se
separaron como si hubiese alguien dentro que lo estuviese haciendo y era
cierto. Un hombre había sido sustituido por Hades.
-¡Minos!-Dijo
Marlín.
-Exacto-dijo
Minos, el juez de las almas del Inframundo-. Arturo es nuestro, Marlín. No es
necesario luchar.
-Arturo
es mi hijo y no hay más que hablar-dijo Marlín.
-Veo
que nadie lo entiende-dijo Minos-. Necesitamos investigar sobre el asunto de
Oráculo y no nos lo impediréis. Si es necesario os retaré a un duelo.
-No
es necesario luchar-dijo Merlín.
-¡Qué
lástima!-Se burló Minos-. Porque me apetece bastante.
Minos
hizo aparecer una espada en su mano izquierda y dio una vuelta de trescientos
sesenta grados mientras una nube blanca lo cubría y le protegía de los
hermanos. Dicha nube creció y desapareció. Entre las grietas de las paredes y
los puentes aparecieron unos caballeros con espadas y escudos pero se
encontraban muertos.
-Estos
se denominan zombis-dijo la voz de Minos que se hallaba en el aire-. Fuertes
caballeros del reino de Tártaro que hacen cualquier cosa por conseguir un trozo
de carne jugosa.
Las
rubíes, zafiros, diamantes, etc… comenzaron a brillar y el suelo tembló. El
puente fue destruido y los dos magos cayeron a gran velocidad a lo que parecía
un pozo enorme sin fondo. Con rocas tan oscuras y frías como los icebergs del
polo norte. De repente, una bandada de murciélagos de medio metro se lanzaron
contra los hermanos hechiceros pero un destello blanco de Marlín y fueron
convertidos en cenizas. Después hicieron aparecer una saga y se la ataron a una
cintura y en cuanto vieron el saliente más estable se aprovecharon y se
sujetaron a este. Comenzaron a escalar pero tardarían días y semanas para
llegar a la superficie hasta que escucharon una voz. Pertenecía a una mujer que
parecía asustada y desesperada.
-¡Por
aquí! ¡Vamos, es por aquí!-Dijo la mujer.
-No
os entendemos-dijo Merlín.
-Debes
coger el diamante y tirarlo al vacío-dijo la mujer.
-¿Por
qué?-Preguntó Marlín.
-Vos
hacedlo, si no os ahogaréis en un lago de lava-dijo la mujer.
-Aquí
hay muchos diamantes, ¿cuál cojo?-Preguntó Merlín.
-¿Es
que nos fiamos de ella?-Preguntó Marlín.
-¡Qué
alternativa nos queda!-Se quejó Merlín.
-El
diamante soleado-dijo la mujer-. Él parará la lava.
-Aquí
no hay ninguna lava-dijo Marlín.
-Subirá
si no me hacéis caso-dijo la mujer-. ¡Rápido cogedlo!
Merlín
observó que a su izquierda había un diamante casi transparente del todo con una
esfera parecida al sol en su interior. Lo arrancó de la solida roca y lo arrojó
al vacío oscuro. De repente, hubo un destello luminoso de color naranja y ambos
magos no tuvieron más remedio que cerrar los ojos para no quedarse ciegos. En
unos segundos se encontraban en una sala oscura, con un trono de plata y una
gran mesa de bronce llena de comida y bebida. La mujer que les había hablado se
encontraba allí, con cara de preocupación y con las lágrimas cayendo de sus
ojos como tal agua en una catarata.
-¿Qué
os sucede, mi señora?-Preguntó Merlín.
-Es
él… él está viniendo y va a pisotearnos más fuerte que nunca-dijo la mujer.
-¿Cómo
os llamáis?-Preguntó Merlín.
-Soy
Perséfone, hija de la diosa Deméter.
-¿Sois
vos la mujer de Hades?-Preguntó Merlín.
-Desgraciadamente
he de afirmar esa información-dijo Perséfone.
-Perséfone
es la hija semidiosa raptada de Deméter y la hermanastra de Hécate-dijo
Merlín-. Que fue secuestrada por Hades y nadie sabe el motivo. Durante los
meses diciembre, enero y febrero es traída aquí al Inframundo, ¿verdad,
majestad?
-No
sabía que mi historia era tan famosa-dijo Perséfone.
-Y
vos no sabíais lo que tanto sufrió vuestra hermanastra y vuestros padres-dijo
Merlín.
-Siento
interrumpir este debate mas mi hijo ha sido secuestrado y yo encerrado en el
reino de Tártaro, ¿sería muy imprudente pedir ayuda para marcharnos de
aquí?-dijo irónicamente Marlín.
-Sí,
por supuesto-dijo Perséfone-. Una de las ventajas que tiene ser la reina del
Inframundo es que me conozco cada salida.
-Pues
cojamos a mi hijo y a una de esas salidas-dijo Marlín.
-No
es tan fácil-dijo Perséfone-. Hestia construyó este lugar para que solo Hades y
los de su confianza saliesen de aquí. Y a mí no me dejan salir hasta el
comienzo de la primavera. Y para esa fecha quedan aún casi tres meses.
-Pues
no podemos esperar tanto tiempo-dijo Marlín-. Reina Perséfone, vos lleváis más
tiempo aquí que ningún otro ser. Debéis saber las debilidades de este lugar.
-Como
ya os dije, nadie sabe marcharse de este lugar si no es de la confianza de
Hades-dijo Perséfone-. Y me temo que vosotros dos no lo sois.
-¿Sabéis,
al menos, en qué parte de este deprimente reino se hospeda el antiguo rey
Minos?-Preguntó Merlín.
-El
rey Minos…-dijo jactándose Perséfone-. Se donde se hospeda mas nadie ha entrado
allí jamás. Ni Tártaro ni Hades ni nadie que aprecie su alma ha entrado en los
terrenos del rey Minos.
-Pues
si es cierto lo que vos nos decís-dijo Marlín-. Entonces tendremos que romper
esa bella tradición. ¿Dónde, majestad?
-No
permitiré que partáis solos, iré yo también-dijo Perséfone.
-Y
nosotros no permitiremos que arriesguéis vuestra vida por mi sobrino,
majestad-dijo Merlín.
-He
escuchado algo sobre la profecía del Oráculo que conlleva vuestro sobrino,
Merlín-dijo Perséfone-. Y no voy a desaprovechar esta oportunidad.
-¿A
qué se refiere con desaprovechar esta oportunidad exactamente, reina
Perséfone?-Preguntó Marlín.
-No
estoy con Caos ni con Zeus, señor Marlín-dijo Perséfone-. Si es eso lo que os
preocupa. ¿Comenzamos nuestro viaje a la perdición?
-No
deberíamos partir hasta que no nos digáis exactamente donde se halla el rey
Minos con mi hijo ahora, en este mismo instante-dijo Marlín.
-Nunca
encontraréis al rey Minos durmiendo en una cama abrazado a su muñeco-dijo
Perséfone jactándose del cruel ser-. Lo podremos ver en la sala de juicios. Y
es ahí donde nunca lograremos pasar.
-¿Y
por qué mi hijo, un bebé de tres semanas, tendría que estar en una sala de
juicios?-Preguntó Marlín.
-Porque
esa sala conduce a otras salas con seguridad aún mayor-dijo Perséfone.
Y
con esas palabras dieron por acabado el debate y salieron de los aposentos de
la reina del Inframundo por otra puerta. Entraron en una sala pequeña con
escaleras de caracol y descendieron a
través de estas. Parecía que nunca iban a tener fin hasta que la reina
Perséfone se agachó para coger una piedra que la tiró, momentos después, como
si estuviese jugando a la rayuela.
-Continuemos-dijo
Perséfone.
Avanzaron
hasta el escalón donde había caído la piedra donde se pararon pues los
escalones comenzaron a moverse solos. Una pared se formó a media docena de
peldaños delante de ellos y estos se pararon justo ahí pues aunque dicho muro
parecía de la roca más sólida que existe era una puerta que la reina Perséfone
abrió.
-Ya
lo dije antaño-dijo la mujer-. El Inframundo fue construido de tal manera que
ningún muerto saliese de aquí. Y protegeros de manera excelente pues lo que hay
a partir de estas puertas no parecerá ser… verídico.
Entraron
en un largo pasillo parecido al que fueron conducidos por Caronte pero este se
encontraba a oscuras con antorchas apagadas.
-No
os preocupéis-dijo Merlín-. Yo la enciendo.
Y en
cuanto cogió la antorcha, un fuego fue encendido. Atravesaron el pasillo y entraron a una sala cuadrada llena
de puertas y cada una de ellas estaban vigiladas por un zombi.
-¿Cómo
no os atrevéis a retirar las armas cuando vuestra reina está en presencia
vuestra?-Preguntó furiosa Perséfone.
-Señor…
dijo… reglas-dijo uno de los zombis intentando hablar.
-Son
lo suficientemente inteligentes para acatar las órdenes mas lo justo de
imbéciles para no tener sentido común-dijo Perséfone-. ¡Abrid las puertas!
Los
zombis se negaron moviendo la cabeza mientras Perséfone ponía cara de cansancio
y enfado. Segundos después sucedió algo que ninguno de los dos hermanos se
esperaba. Perséfone le arrebató una
espada a un zombie rápidamente y fue cortando las cabezas de cada uno. Después
pisó fuerte en una baldosa del centro y la mitad del suelo de la sala
desapareció haciendo caer los cuerpos de los zombis al mismo vacío que habían
estado los hermanos hechiceros.
-Se
recompondrán y pronto-dijo Perséfone-. Hemos de continuar y rápido.
Abrieron
una de las puertas y creían que iba a suceder algo malo cuando se hallaron en
una sala de juicios vacía. No había nadie allí y Marlín comenzó a pensar que
posiblemente se hallasen fuera del submundo.
-Tened
mucho cuidado-dijo Perséfone-. Esta es quizás la sala más oscura de todo el
Inframundo y el reino de Tártaro.
-¿Por
qué?-Preguntó Marlín-. Si solo es una sala normal.
-¡Marlín!-Dijo
la voz de Atalanta.
-¡Atalanta!-Dijo
el mago esperando a que su mujer apareciese-. ¿Dónde estáis, querida?
-¡Socorro!
¡Auxilio! ¡Él tiene a nuestro hijo!-Dijo Atalanta-. Tened cuidado.
-¡Minos!-Dijo
Marlín.
-¡No
deberías haber pronunciado su nombre!-Dijo Perséfone.
De
repente se escuchó una risa diabólica que procedía de la voz del rey Minos.
Después todos los objetos de la sala se incendiaron de un fuego más oscuro que
el que había conjurado Morgana tiempo atrás. Instantes más tarde se quedaron
atrapados entre el fuego y la magia
oscura del rey Minos que acababa de aparecerse. Pero Merlín, ágil como un rayo,
conjuró un hechizo de protección que hizo retroceder al rey Minos y a sus
fuerzas oscuras.
-¡Id
a por mi sobrino!-Dijo Merlín señalando a su hermana-. Nosotros le mantendremos
ocupado.
-Buena
suerte, hermano-dijo Marlín despidiéndose.
-¡Corred!-Dijo
Perséfone-. Por la puerta de la derecha.
Marlín
avanzó hacia la puerta y la atravesó.
-No
os dais cuenta del peligro que hay tras esa puerta-dijo Minos-. Alguien con
poderes mucho más oscuros que yo lleva en un manto al hijo del mago.
-¡Radamantis!-Dijo
Perséfone asombrada-. ¡No puede ser! ¡Él fue desterrado! ¡Se le despidió tras
su último juicio!
-Mas
eso no significa que él no trabaje para Caos, ¿no es cierto?-Dijo Minos.
De
repente, una serpiente de fuego, que llegaba a medir hasta los cinco metros,
atacó a la reina del Inframundo y al hechicero hijo de Zeus.
-No
tenéis escapatoria-dijo Minos-. Morid como héroes o vivid como fracasados.
La
serpiente se abalanzó sobre Merlín pero este pudo esquivarla mientras Perséfone
la intentaba atacar con la espada que le había robado al zombi. Hubo un
destello de luz blanca dirigido hacia Minos de parte de Merlín y toda la sala
desapareció.
Mientras,
Marlín acababa de entrar por la puerta que le había indicado la reina
Perséfone. Se encontraba llorando, en un pasillo de piedras oscuras con
antorchas de fuego azul turquesa. Así pues, entre lágrimas, se enderezó y
comenzó a explorar las tenebrosas rocas. Parecía una cueva prehistórica pues
había dibujos pintados con sangre y tizas elaboradas por pequeñas piedrecitas.
No podía averiguar de que se trataban parecían líneas trazadas al azar. Siguió
caminando hasta que gracias al tiempo no pudo seguir andando por cansancio. Era
un pasillo interminable, no veía nada más que la luz que procedía de las
antorchas y las imágenes de las paredes hasta que se encontró a un hombre. Iba
andando hasta él cuando se detuvo y al ver su rostro se detuvo y llevaba en sus
brazos un bebé tapado con una manta elaborada por hilos de oro.
-¿Radamantis?-Preguntó
Marlín agotado.
-Cierto-dijo
él-. Y creo que os veré dentro de poco aquí mismo yendo a vuestro juicio final.
-Me
niego a morir aquí y ahora-dijo Marlín.
-Podéis
negaros todo lo que deseéis mas vuestro hijo será uno de las posesiones más
preciadas de mi señor-dijo Radamantis.
-Os…
os… mataré-dijo Marlín.
-Lo
dudo mucho-dijo Radamantis.
-¡Alto!-Gritó
una voz que venía de detrás del anciano juez. Hades se hallaba allí presente
con una espada cuyo mango era negro y rojo oscuro y la hoja parecía elaborada
por los diamantes más duros, fuertes y resistentes que había.
-¿Cómo
osáis a hablarme así?-Preguntó Radamantis furioso y asustadizo-. ¡Uno de los
tres jueces de la muerte!
-Y
yo soy Hades, el dios de los muertos y ahora os comunico que debéis entregarme
al niño… ¿qué lleva puesto?-Preguntó Hades.
-Algo
que hará que controle su magia-dijo Radamantis.
-¡El
vellocino de oro!-Dijo Hades.
-¡Exacto!-Dijo
Radamantis-. Y en cuanto acabe su conjuro ya no tendremos ningún problema por
culpa de esta criatura.
-¿Conjuro?-Preguntó
Marlín furioso-. ¿Querréis decir maldición? ¡Le habéis puesto un arma homicida
en su pequeño cuerpecito inocente! ¡Lo lamentaréis!
-Yo
de vos no haría nada si no queréis que vuestro hijo sufra durante toda su larga
de vida de mago-dijo Radamantis.
-¿Entonces
el niño es un mago? ¿Lo confirmáis?-Preguntó Hades intrigado-. Recordad que es
hijo nacido también de una ninfa de la naturaleza.
-No
penséis que nuestras sospechas sean aún válidas tan pronto y tampoco os diré
nada-dijo Radamantis-. Ahora, si me disculpáis.
-¡No!-Dijo
Marlín abalanzándose contra el juez.
Radamantis
era poderoso y pudo esquivar el golpe de Marlín y el ataque afilado de la
espada de Hades sin soltar al niño.
-Esta
vez no emplearemos la fuerza sino la magia como no soltéis a mi hijo-amenazó
Marlín.
-¡No
os atreváis a amenazarme! –Dijo Radamantis.
Marlín
levantó su brazo derecho y lo movió de tal forma que parecía un látigo. Hubo un
destello azul y una parte del techo se derrumbó para asustar a Radamantis pero
este se mantuvo quieto.
-¿En
serio pensáis en que podéis conmigo?-Preguntó Radamantis.
-Él
no mas yo sí-dijo Hades.
Hades
chasqueó los dedos y el pequeño Arturo apareció entre sus brazos mientras este
se reía con una sonrisa diabólica y fría.
-¡Me
vengaré!-Dijo Radamantis mientras las rocas se arremolinaban alrededor suya. Lo
que estaba haciendo era un hechizo de desaparición y lo conjuró. Radamantis
había desaparecido y nadie sabía donde se encontraba.
-Hades,
por favor, Arturo necesita a su padre y a su madre-dijo Marlín.
-Qué
pena porque… ¡no puede ser!-Dijo Hades sorprendiéndose al ver que el bulto
entre mantas y pañales no era más que un juguete.
-¿Qué
sucede?-Preguntó Marlín preocupado.
-Ha
jugado con nosotros-dijo Hades-. ¡Rápido hay que encontrarle!
-Puede
estar en cualquier sitio-dijo Marlín.
-No,
el Inframundo está a prueba de ese tipo de hechizos, mi querido sobrino-dijo
Hades.
El
dios de los muertos y el mago comenzaron a buscar rápidamente a Radamantis.
Marlín no podía pensar en que sucedería si él perdería la batalla y su hijo
Arturo quedase en manos de ese asesino. Tenía que encontrarlo, era su deber
como padre. Una lágrima se había caído al suelo cuando se encontraron con
Merlín.
-¡Merlín!-Dijo
su hermano dándole un abrazo.
-Hermano,
han cogido a Arturo…
-Sí,
lo sé-dijo Marlín.
-¿Y
Perséfone?-Preguntó Hades.
-Se
ha quedado allí para entretener a Minos-dijo Merlín.
-¿Qué?
¡No puede ser! ¡La va a matar!-Dijo Hades.
-Ella
me dijo que me marchase a buscar a mi sobrino-dijo Merlín-. Yo quería
protegerla pero no me dejó. Esa mujer posee mucha magia, Hades, estará bien.
-Mas
os vale-dijo Hades.
-¿Se
os ocurre una parte del Inframundo donde puede estar escondido Radamantis?-Preguntó
Marlín a su hermano.
-¿Radamantis?
¿El juez?-Preguntó Merlín.
-Exacto-respondió
Marlín.
-En…
en… ¿en los jardines del fuego oscuro?-Sugirió Merlín.
-Imposible-dijo
Hades-. Esos jardines están protegidos por una poderosa magia. Ni yo mismo puedo
entrar pues sus puertas se sellaron para que nunca jamás sean abiertas de
nuevo.
-Mas
Radamantis trabaja para alguien que no tiene límites-dijo Marlín-. Alguien que
desea el mal a toda costa y que hará lo que sea para que el universo sea suyo.
Alguien como Caos.
Merlín
y su tío Hades sabían que Marlín tenía razón pero que era demasiado peligroso
para entrar allí aunque tenían que intentarlo. ¿Iban a caer en la boca del
lobo? Solo se sabía que para que Arturo fuese una de las posesiones de Caos uno
de los magos tenía que morir. Para que el final feliz de Caos estuviese
permanente alguien que significase estabilidad para Arturo tendría que morir y
si cruzaban esas puertas sabían que solo iban a volver dos.
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